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RICARDO BROWN

No era una dama aquella mujer. Adaptado del libro "Escrito en Shenandoah."

VIEJA CHUSMA (Del libro "Escrito en Shenandoah," publicado por Isla Books

"Sean corteses. No dejen de dar las gracias. Discúlpense. Si van a pedir algo digan por favor. Den los buenos días"
Mi mamá se pasó toda nuestra infancia diciéndonos esas cosas a mis hermanos y a mí. Y creo que algún efecto tuvo. No es que sea yo el mejor ejemplo de los buenos modales. Pero, caramba, trato de comportarme de una forma caballerosa. Y más que todo, detesto a la gente de malos modales. Me ponen de mal humor. Como la tipa de esta mañana. Si, ya sé. No es muy cortés referirse a una mujer como una tipa. Pero ya lo dije. Trato. No es que pueda todo el tiempo.

Miren ustedes lo que pasó. Fui a una oficina de correos . Tengo allí una caja postal.
  Todas las mañanas voy a recoger mi correspondencia. Y como hay mucho entra y sale, con frecuencia tengo oportunidad de poner en práctica lo poco que aprendí de buenos modales. Cuando llego a la puerta, le cedo el paso a quien viene detrás. Si me dan las gracias, respondo “de nada.” Cuando me abren la puerta a mi, doy las gracias. Si le paso por delante a alguien digo, “con permiso.’ Doy los buenos días a todos con quienes me encuentro. Y la mayoría de la gente con quien tengo contacto en la oficina de correos es cortés. De vez en cuando me topo con alguien que no lo es, y generalmente no le presto mucha atención a esto. Pero hoy hubo alguien que, como dicen los colombianos, me sacó la piedra. Les cuento:

Llego a la puerta de la oficina de correo. Veo a unos pasos de mí a una mujer que camina hacia la puerta. Está hablando con alguien a través de su teléfono celular. Yo me detengo. Mantengo la puerta abierta. La mujer se acerca, hablando a gritos con la persona que está del otro lado de la conexión celular. Camina lentamente. Le tengo a puerta abierta. Me mira. No da las gracias. Ni siquiera mueve la cabeza ligeramente en señal de agradecimiento. Entra a la oficina de correos con su escándalo. La gente en el lugar se vira a mirarla. Ella sigue con su gritería. “Mira, Berta, yo te dije que ese era un mal negocio. Pero tú no le haces caso a nadie, Berta. Tienes la cabeza muy dura.”

A mi me entra furia. Me dan ganas de hablarle. “Perdóneme, señora. Pero usted es una chusma. No da las gracias, habla a gritos y además está muy mal vestida. ¿No se da cuenta, señora, que esos pantalones ajustados no son para usted?
  Usted no tiene la edad ni la figura , querida amiga.  Y, señora, ¿que hace usted con esa blusa que deja al descubierto su vientre? Esos son diseños para muchachitas jóvenes y esbeltas. Usted es barrigona, señora, y tiene arrugas en la barriga. Y, señora, ¿Por qué grita tanto? ¿No le funciona bien el celular? ¿O es que su amiga Berta es sorda? ¿O será que Berta es una chusma como usted y está dando gritos del otro lado de la línea telefónica?  Y ese negocio del que usted intercambia gritos con Berta, y  del que todos nos hemos tenido que enterar ¿qué es? Debe ser un negocio sucio. Es un negocio de drogas o de juegos ilícitos, ¿no?  Y, señora, cuénteme, ¿Quién le hizo el tinte de pelo? ¿Cómo es que se llama ese tinte, color cucaracha?”

Todo eso quiero decirle. Pero me contengo. No sería cortés hablarle así. Pienso que mi mamá me diría que hice mal. Pero más que todo, callo porque temo que la señora descortés, mal vestida y gritona posiblemente ande armada. Y si no está armada, al menos tiene una uñas muy largas, pintadas, por cierto, de un anaranjado tan escandaloso como su voz.  ¿Y si me araña? Decido callar, más por cobardía que por cortesía.

LA BREVE RISA DE PLACIDO DOMINGO

Conocí a Plácido Domingo en la peor de las circunstancias.  Fue en septiembre de 1985 en la Ciudad de México, dos o tres días después del terremoto que causó la muerte a más de veinte mil personas en esa ciudad, entre ellas cuatro familiares cercanos del famoso tenor.

El Noticiero Sin había enviado un grupo bastante grande de productores, reporteros, camarógrafos y técnicos a México para cubrir las tareas de rescate y recuperación. Una noche, el reportero José Díaz Balart, el camarógrafo Angel Matos, el sonidista Manuel Villela y yo fuimos a la zona de Tlatelolco, donde se había derrumbado el Nuevo León,  un gigantesco edificio de trece pisos, con unos 300 apartamentos.

Cuando llegamos al lugar, unas enormes luces iluminaban la montaña de escombros que había sido el Nuevo León. Varios perros especialmente entrenados buscaban señales de vida entre los escombros. Había un absoluto silencio. Los perros usaban su olfato y su sentido de audición en sus tareas de rescate. Pasaron varios minutos, pero los perros no encontraron nada.

Un pequeño grupo de personas observaba en silencio a pocos metros de los escombros. Todos, al igual que nosotros, tenían pañuelos amarrados que les cubrían la nariz y la boca. Había mucho polvo. Alguien nos señaló que una de las personas era Plácido Domingo. José y yo lo entrevistamos.

El gran tenor nos contó que él había vivido de niño en ese edificio. Su familia había emigrado a México en 1941. Sus padres, que cantaban con una compañía de zarzuelas, viajaban mucho. Y quienes verdaderamente le habían criado, allí en el Nuevo León, habían sido sus tíos, que eran sordomudos. Sus tíos, un primo hermano y el pequeño hijo de éste estaban dentro del Nuevo León cuando el edificio se vino abajo. Nos dijo Plácido que, al enterarse de lo ocurrido, de inmediato viajó a México. Creo que me dijo que estaba en Filadelfia cuando supo del terremoto.

La entrevista fue breve. José y yo no queríamos molestar a Plácido. Yo nunca he entrevistado a una persona más triste.

Por varios días, regresé al sitio donde se había levantado el Nuevo León. Allí, a todas horas, estaba Plácido Domingo. Cada día le crecía más la barba y se veía más demacrado. Nunca más quise entrevistarle en cámara. Me parecía que era invadir su privacidad. Pero varías veces conversé con él para preguntarle como iban las labores de rescate. Siempre fue amable. Me contó una vez que había cancelado todas sus presentaciones en los próximos meses, pero que algunas compañías de opera lo presionaban para que reanudara su itinerario. No podía entender como eran tan insensibles, me dijo.

En la prensa mexicana leí, que mucha gente del mundo de la opera temía que el polvo, la falta de descanso, la mala alimentación que tenía en aquellos días, y la angustia le iban a afectar su voz. Nunca le hablé de eso.

En aquellos días, Plácido Domingo llegó a reconocerme. Pienso que apreciaba que yo iba a Tlatelolco para solidarizarme con él y las  demás personas que hacían una permanente vigilia frente a los escombros. Una vez me preguntó si yo era cubano. Se dio cuenta por mi acento. Y me habló de cómo sus padres viajaban mucho a Cuba. Me contó de cómo amaba la música de Ernesto Lecuona. Yo le dije que de muy pequeño conocí a Lecuona, que era amigo de mi abuela. Le conté que lo más que recordaba de Lecuona  es que era muy alto y a mi, que era un niño, me parecía un gigante.

“Es que era un gigante,” me dijo. Y se río, detrás del pañuelo amarrado que cubría su boca y su nariz. Es la única vez que le escuché reír. Aquella fue la última vez que vi a Plácido Domingo. Al otro día regresé a Miami.

Después de mi regreso a Miami, me enteré que Plácido se había unido a las tareas de rescate. Y estuvo entre un grupo de voluntarios que recuperaron los cadáveres de sus tíos.

Han pasado más de 22 años desde aquellas noches frente a los escombros del Nuevo León en Tlatelolco. Estoy seguro que Plácido Domingo no se acuerda de mi. Pero para mi, aquellas imágenes, aquellas breves conversaciones, son imborrables.

No deja de asombrarme que ese gran tenor, de magnífica voz y oído, fue criado por unos tíos sordomudos, a quienes amó muchísimo. Y que por estar allí en Tlatelolco, esperando hasta que rescataran sus cadáveres, arriesgó su carrera y hasta su prodigiosa garganta.

Y siempre recuerdo que hablar de Ernesto Lecuona por un  instante sacó a Placido de su profunda tristeza  y hasta le arrancó una fugaz risa. Es verdad lo que me dijo Plácido. Lecuona era un gigante. Y Plácido Domingo también. Siento orgullo en que me cruce con ellos en momentos breves de mi largo camino.

25 de diciembre de 2007 

 

Del libro "Escrito en Shenandoah"

UNA TARDE EN MÉXICO-

Juan Ruiz Healy me dio el teléfono. Me pidió que no revelara que había sido él. Marqué el número desde la habitación de mi hotel. Era poco antes del mediodía. Me contestó el mismo Octavio Paz. Me identifiqué, y le dije lo que buscaba.

 -Sr. Paz, soy de la Cadena Sin, de la televisión hispana en Estados Unidos. Estoy aquí en México cubriendo el terremoto. Quisiera poder conversar con usted-

-No será posible. Mi casa sufrió daños por el terremoto. Mi esposa y yo estamos algo afectados. Prefiero no otorgar entrevistas por ahora. Ya le dije lo mismo a un periodista francés-

No sé que me entró. Me enojó Octavio Paz. Y se lo dije.

 -Pues, mire Don Octavio, usted le podrá decir eso a un periodista francés, pero le cuento que a mí no. Yo me crié en el norte de Estados Unidos, como gringo. Y un día una muchacha mexicana con quien estudiaba me regaló un poemario suyo, Semillas Para Un Himno. Desde que lo leí me enamoré de la poesía latinoamericana y sobre todo de su obra.  Usted tiene la culpa de que yo siga hablando español. Usted no me puede negar una entrevista a mí.-

 Hubo una breve pausa del otro lado de la línea. Y entonces escuché la suave voz de Octavio Paz.

 -Usted es cubano,¿ no? Lo noto por su acento.

-Sí señor.-

-Mire, lo puedo recibir esta tarde. Venga a las cuatro.-

No sé si convencí a Don Octavio por que le caían bien los cubanos o por lo que le dije. Tal vez se interesó en conocer a un loco atrevido que lo distrajera un poco en medio de aquellos días tan tensos.

Yo sabía la dirección de la casa. Juan me la había dado. Le dije a  mis compañeros del noticiero que estaban en México en la cobertura del terremoto,  que Octavio Paz me había concedido una entrevista. No lo podían creer. Esa tarde, antes de ir a la entrevista pasé por un par de librerías en el Paseo de la Reforma para comprar algún libro de Octavio Paz. Increíblemente, no pude conseguir ninguno. Me dijeron en ambas librerías que se habían agotado.

Tocamos a la puerta de la casa y nos abrió Marie- José Tramini, la esposa de Octavio Paz. No estaba muy contenta con nuestra visita. Y mucho menos al ver cuantos éramos. Me acompañaban los camarógrafos Angel Matos y Orson Ochoa, el sonidista Manuel Villela, la productora Josie Goytisolo, y los reporteros Carlos Botifol y Pedro Sevsec. La verdad es que no hacía falta toda esa gente para hacer la entrevista. Pero todos mis colegas querían conocer a Octavio Paz.

 Madame Tramini nos mandó a pasar,  y entonces salió Octavio Paz de un salón del interior de la casa. Yo me identifique, estrechamos las manos y le presenté a cada uno de mis colegas. El saludó a todos con amabilidad. Creí ver en sus ojos, muy azules, un destello de pícara curiosidad. Me imagino que pensaba, “¿Y que hacen todos estos locos en mi casa?”

Los daños a la casa habían sido mínimos. Había una grieta en una pared.  Don Octavio nos dijo que  su esposa y él habían pasado un mal momento cuando tembló la tierra. Pasamos a la biblioteca. Angel, Orson y Manuel prepararon los equipos para la entrevista. Pedro y yo nos sentamos a una mesa con Don Octavio. Carlos nos dijo que sería mejor que la entrevista la hiciéramos solo Pedro y yo. Fue una buena entrevista. Don Octavio, entre otras cosas, habló sobre como la corrupción había contribuido a la magnitud de la devastación causada por el terremoto. Según Don Octavio, la “mordida” a funcionarios públicos permitió que no se cumplieran con los códigos de construcción en muchos edificios y que eso causara que el terremoto los derribara. La entrevista no solo fue usada en nuestra cobertura para la Cadena Sin. Fue publicada en el Diario las Américas de Miami, gracias a un amigo periodista, el subdirector de ese diario, Ariel Remos.

Después de la entrevista, nos quedamos conversando con Don Octavio. El estaba muy interesado en la entonces naciente televisión hispana en Estados Unidos. Madame Tramini había desaparecido a algún rincón de la casa. Pero un par de veces vino a recordarle a su esposo que tenían algún tipo de compromiso. Ella quería que nos fuéramos. Pero Don Octavio disfrutaba de nuestra compañía. Estuvimos allí un buen rato. Pero finalmente llegó el momento de despedirnos. Había sido muy generoso con su tiempo, Don Octavio. Pero yo no me quería  ir sin un libro firmado por él. Le conté que había estado buscado alguna obra suya en dos librerías antes de llegar a su casa, pero no las había conseguido. Le dije que pensaba que lo censuraban. Me contestó con una leve y silenciosa sonrisa. Entonces le dije:

 -Mire, Don Octavio, ya que he sido tan atrevido con usted, permítame seguir siéndolo. ¿No tiene usted algún ejemplar aquí de una de sus obras? ¿Por qué no me regala uno de sus libros con su firma?

-Claro que sí. Será un placer.-

 Don Octavio sacó un libro de unos de los libreros, un ejemplar de El Ogro Filantrópico. Yo guardo muy pocos recuerdos de mis experiencias como reportero. Pero atesoro la foto que nos tomamos el grupo de la Cadena Sin con Octavio Paz antes de irnos. Y sobre todo el libro de portada azul, con una dedicatoria en la primera página escrita a mano en letras grandes. Dice así:

 “A Ricardo Brown, cordialmente, Octavio Paz

México, a 26 de septiembre  de 1985”

Me pareció interesante un artículo de Peggy Noonan. Sábado 12 de enero/12

Hay derecha que es derecha y hay derecha jorobada. Peggy Noonan es una columnista conservadora estadounidense que se ubica en el primer grupo. Escribe muy bien. Es valiente. Maneja ideas, no simplemente lugares comunes e insultos pueriles, que para mi son el equivalente intelectual de eructos y ladridos.

Yo no siempre estoy de acuerdo con Peggy Noonan, pero siempre la leo. Al  igual que leo a George Will, otro brillante columnista conservador. Leo también, por cierto, a Paul Krugman y Eugene Robinson, dos columnistas liberales, con quienes no suelo estar de acuerdo, pero que considero intelectualmente honestos. 

A veces la gente me pregunta si soy demócrata o republicano, si soy liberal o conservador. Yo no pertenezco a ningún partido político. Estoy inscrito como votante independiente. En cuanto a si soy de derechas o izquierdas, ni una cosa ni la otra. No acepto etiquetas. Me acerco, quizás, a ser un libertario. Creo en la libertad individual. En pensar como me de la gana. Por eso detesto las dictaduras, sobre todo la que hay en Cuba. Y la que hay en Corea del Norte. Me parece que el comunismo es una monstruosidad. ¿Me hace eso un derechista? Bueno, a lo mejor hay quien me vea de esa forma.  Yo no me veo así.  Les cuento que tampoco me gustan las dictaduras de derecha. 

Pero, bueno, siempre me enredo. Escribo sin editar, en un “stream of consciousness y salto de aquí para allá. Poca disciplina intelectual. Sorry. Les hablaba de Peggy Noonan. Aquí está el enlace de su columna de hoy en el Wall Street Journal. Si usted entiende inglés, le recomiendo que la lea. En este artículo, Peggy critica a su partido político, el Republicano y le hace recomendaciones para captar apoyo en el futuro y ganarle elecciones al Partido Demócrata.  A lo mejor usted no está de acuerdo con lo que plantea Peggy (me encanta ese nombre, por cierto.) A lo mejor usted sí cree que tiene razón Peggy (a mi me parece que la conozco y le llamo por su primer nombre). Sea como fuere, es muy posible que lo que escribe Peggy le hará pensar. Es importante eso, pensar. He aquí el artículo:

 

It’s Pirate Time for the GOP, by Peggy Noonan


 It’s official. Congress is now less popular than cockroaches and colonoscopies, though more popular than the ebola virus and gonorrhea. Really. The numbers came, this week, from a Public Policy Polling survey. The House and Senate have an approval rating of 9%.

GOP governors are the party’s most esteemed leaders, but they’re not in Washington. The Republican voice and presence in our national debates comes from its members on the Hill. They’re the ones America sees on the news every day, which is unfortunate because they are, largely, deal makers, legislators and even plain speakers who are not necessarily gifted explainers or thinkers.

They are up against the Democratic voice and presence. That would be President Obama (approval rating in the low-to-mid-50s) and his White House. He is just off a major electoral win, commands the national mic, is about to be celebrated at a second swearing-in, and will soon give a nationally covered inaugural address. Also he just won on the fiscal cliff, for now. We’ll see the blowback. Payroll taxes have just gone up, ObamaCare is yet to be fully instituted and will be costly, things are about to get more expensive for everybody. But at the moment he’s king.

And what the Republican Party has each day going up against him—presenting the party’s case, explaining its thinking—is a disparate and fractious lot of varying talent who, again, are connected to an institution less popular than cockroaches.

It doesn’t, at the moment, seem a fair fight.

Normally we see Republican congressmen and senators in a gaggle, and their message always seems to get lost. They’re usually talking about pieces of things, some part of a bill, or an amendment. Little they say seems to cohere, or to connect with a higher purpose, intent or meaning. What they say doesn’t amount to a cacophony—it’s not that lively. Their message always seems muted and blurred.

Congressional Republicans haven’t been able to come up with an immediate and overarching goal or a strategy to achieve it. Many feel as if they’re always in the dark, unclear on what the leadership is thinking or about to do.

But a goal and strategy are needed. Without them, everything will seem ad hoc, provisional, formless, meaningless. The public will see it that way, especially in comparison to the president, who seems these days to have a surer sense of what he’s about, and a greater confidence that you’ve finally twigged on to it, too.

So here’s an idea for Republicans in Congress. It has to do in part with policy, in part with attitude and approach.

They should starkly assess their position. It isn’t good. They just lost an election, they’re up against the wall, they have to figure out how to survive and thrive as a party that stands for something, while attempting each day to do the work that needs doing for a country in trouble. The challenges are huge, the odds long.

They can sit back and be depressed and whine. Or they can decide: It’s pirate time.

And really, it is.

Now is the time to fight and be fearless, to be surprising, to break out of lockstep, to be the one thing Republicans aren’t supposed to be, and that is interesting.

Now’s the time to put a dagger ’tween their teeth, wave a sword, grab a rope and swing aboard the enemy’s galleon. Take the president’s issues, steal them—they never belonged to him, they’re yours!

In political terms this means: Reorient yourselves. Declare for Main Street over Wall Street, stand for the little guy against the big interests. And move. Don’t wait for the bill, declare the sentiments of your corner.

Really, it’s pirate time.

Examples of what might be done:

If you are conservative you are skeptical of concentrated power. You know the bullying and bossism it can lead to. Republicans should go to the populist right on the issue of bank breakup. Too big to fail is too big to continue. The megabanks have too much power in Washington and too much weight within the financial system. People think the GOP is for the bankers. The GOP should upend this assumption. In this case good policy is good politics.

If you are a conservative you’re supposed to be for just treatment of the individual over the demands of concentrated elites. Every individual in America making $400,000 a year or more just got a tax hike that was a blow to the gut. Regular working people are seeing their payroll deductions increase. But private-equity partners who make billions enjoy more favorable tax treatment. Their income is treated for tax purposes as a capital gain, so they’re taxed at far lower rates. This is called the carried-interest exemption, and everybody knows it’s a big con.

The Republican Party should come out against it in a big way. Let the real rich pay the same percentage the not-actually-rich-but-formally-declared-rich are paying. If the Republicans did this they’d actually be joining the winning side, because carried interest will not survive the new era. If congressional Republicans care about their party they’ll want it to get credit for fairness, as opposed to the usual blame for being lackeys of the rich.

Republicans make too much of order and discipline. Sometimes a little anarchy is a good thing, a little disorder a sign of creativity and independence of thought. If there are voices within the GOP that are for some part or parts of gun reform it would be good for them—and for the party—to come forward now. I love the Second Amendment and I’m not kidding, but I have to say tens of millions of assault weapons in the hands of gangbangers and unstable young men couldn’t be what the Founders had in mind.

We need a little moderation here, a little give.

Peggy Noonan’s Blog

Daily declarations from the Wall Street Journal columnist.

Finally, Republicans should shock everyone, including themselves, by pushing for immigration reform—now. Don’t wait for the president, do it yourselves, come forward individually or in groups with the argument for legalization of who lives here now. Such bills should include border control and pathways for citizenship, but—and most important—they shouldn’t seem punitive or grudging and involve fines and lines and new ways to sue employers. The world has changed. Ease up now. In the past 10 years immigrants, legal and illegal, have fought our wars. We need to hurry in those who are trying to bring gifts we need into the USA. Whoever comes here learns to love our crazy country, or at least appreciate it. If we do a better job of teaching them why the goodness we have even exists, we will do OK.

The point here is to have the GOP lead in terms of good policy. But it’s also important for the Republicans to show the variety, disagreement and alive-ness that exists within the party. It is not some grim monolith, some thought-free zone, or was not meant to be. It’s not bad to be unpredictable. Living things are.

Members should loosen up, speak for their corner, put together caucuses, go forward, move. Go on TV, dagger and sword, and make your case.

Really: It’s pirate time.

SE ME PERDIO EL DINERO--Otra crónica que rescato.

Se me perdió el dinero. 16 de noviembre/09

Soy olvidadizo. Distraido. Vivo en la luna de Valencia. Como quieran llamarle. El hecho es que soy así desde niño. Se me pierden las cosas. Y varias veces he pasado grandes sustos por ello.

Como aquella vez en Barbados. Se me quedó un sobre con cuatro mil dólares en un taxi. Era dinero que me habían dado en el Noticiero SIN para cubrir gastos en la cobertura de la invasión de Grenada. En aquellos tiempos en la Sin nos daban dinero en efectivo. No había tarjetas de crédito de la empresa. Yo creía que tendría que pagar esa plata que se me perdió. Pero, sorpresivamente, el caballeroso y honesto chofer vino al hotel y me entregó el sobre. Se negó a aceptar una recompensa. No me acuerdo de su nombre.

Pero si me acuerdo de Antonio, en Tegucigalpa. Me pasó lo mismo. Dejé un sobre con siete mil dólares en un taxi. Y Antonio regresó al hotel y me entregó la plata. Recuerdo bien su nombre, porque cuando me di cuenta que había dejado el dinero en el taxi, le pedí a San Antonio que me ayudara. Mi mamá jura que si a uno se le pierde algo, le pide a San Antonio que lo ayude y aparece el objeto perdido. En Barbados se me había olvidado aquello que decía mi mamá y el dinero había aparecido de todas formas. Pero en Tegucigalpa, me acordé de San Antonio y recuperé el dinero y dio la casualidad (¿sería casualidad?) que el taxista se llamaba Antonio. Antonio tampoco quiso aceptar una recompensa. Pero si aceptó darse un par de tragos conmigo.  Nos hicimos amigos y lo vi muchas veces después en otros viajes a Tegucigalpa y hasta conocí a su esposa e hijos. Tremenda familia.

Por esas y otras razones, Barbados y, sobre todo, Honduras son lugares que yo quiero mucho. Nunca me olvidaré de esos taxistas tan honestos y decentes. He hecho el cuento diez mil veces. Y esta vez lo hago por algo que me pasó esta mañana

Estaba, como siempre, muy apurado. Entré corriendo a una oficina de correos donde tengo una caja postal. Había un señor ya mayor abriendo su caja postal y sacando el correo. El señor terminó y se fue. Yo saqué mi correspondencia de mi caja y empecé a echar en la basura todo el “junk mail” que recibo. De pronto, el señor entro de nuevo a la oficina de correos. Me preguntó:

-¿Usted acaba de entrar, no?-

-Si señor-

-¿Se le cayó algo?-

Vi entonces que el señor agarraba en su mano derecha un puñado de billetes. Me toque los bolsillos y me di cuenta que se me había caido el cambio de algo que había comprado antes de ir a la oficina de correos. Eran menos de diez dólares, que me había metido en un bolsillo. Le dije al señor:

-Creo que si, que se me cayó algo-

-Dígame, ¿que se le cayó?

-Pues creo que un poco de dinero-

-¿Cuanto?

-Pues mire, la verdad que es no sé-

-Pues dígame, ¿cuanto?

-Señor, la verdad es que no sé la cantidad exacta-

-¿Cómo no va a saber la cantidad exacta?-

-La verdad, señor, es que no sé, es pequeña-

-¿Y cómo voy a saber yo si usted me dice la verdad?-

 

Y ahi perdí la paciencia. Le dije al señor que verdaderamente yo no estaba en ánimo de someterme a un interrogatorio y que tampoco tenía tiempo de hacerlo pero que, ya que le interesaba eran quince millones de dólares con cincuenta y siete centavos, pero que como soy una persona noble y caritativa se lo regalaba a  él que seguro lo pondría a mejor uso que yo,  que lo único que hago con el dinero es gastármelo en todo tipo de actividades ilícitas que atentan contra la moral, la decencia, la fauna, la flora y la paz mundial. Y con la misma le dije que tuviera un buen día y me marché. El señor no me dijo nada. Y ahora pienso que, en un arranque de impaciencia herí los sentimientos de un pobre señor que a lo mejor gritaba en vez de hablar porque es medio sordo. Aunque, pensándolo bien, parecía escucharme sin ningún problema. Quizás es sencillamente que el señor en un chusma. O tal vez es que yo soy un prepotente. Pero la verdad es que me molestó el señor. Y me hizo pensar en el taxista de Barbados y Antonio, el taxista de Tegucigalpa. Caramba, aquellos señores sí que eran educados. Me devolvieron miles de dólares que yo, de idiota, había perdido. Y este señor, por menos de diez dólares, quería someterme a un interrogatorio estilo Abhu Graib.

 

 

CON CHAVEZ EN MIRAFLORES

Había poca gente frente al portón del Palacio de Miraflores cuando llegamos el camarógrafo Carlos Calvo y yo. Hugo Chávez aún hablaba en el Congreso. Lo escuché en el radio portátil que llevaba conmigo cuando dijo, “Juro sobre esta constitución moribunda.” Pensaba que la mejor oportunidad para hablar con Chávez sería cuando llegara a Miraflores. Chávez terminó su discurso en el Congreso y supe por el radio que comenzó su caminata hacia Miraflores. A medida que caminaba, se le iban uniendo sus partidarios. La multitud frente a Miraflores también crecía. En su mayoría era gente humilde, que había bajado de los barrios en los cerros que rodean a Caracas. Ya había cientos de personas allí cuando escuche el grito de “ Ahí viene!  Viva la Revolución Bolivariana! ”A lo lejos ví a Chávez seguido de una muchedumbre. Yo tenía en mis manos un micrófono inalámbrico. Carlos tenía su cámara lista. Chávez se aproximaba  y la gente que me rodeaba se agitaba más. Carlos y yo pudimos acercarnos a Chávez. Le grité:“Señor Presidente, quisiéramos  hablar con usted! Chávez me contestó que sí, pero ya era ensordecedora la gritería de sus partidarios. Nos empujaban de un lado a otro. La ola humana se llevó a Carlos,  que estaba detrás de mí. Chávez me agarró por un brazo. Me sorprendió su fuerza descomunal. Yo le gritaba preguntas, pensando que Carlos, aunque fuera de lejos y en medio de la multitud nos filmaba. Chávez me respondía. Pero no nos podíamos entender debido al ruido de la muchedumbre, que nos arrastraba de un lado a otro. Era un diálogo a gritos entre sordos. Me cruzó la mente que alguien podía atentar contra Chávez en ese momento.. Sus escoltas no podían controlar a la muchedumbre. Chávez no me soltaba. Su mano era como una tenaza sobre mi brazo izquierdo. De pronto se abrió el portón de Miraflores. La ola humana nos empujo hacia adentro. Al entrar a los terrenos de Miraflores, Chávez me soltó. Sus escoltas lo llevaron dentro del edificio. No lo vi más. Poco después Carlos me dijo que había tenido la cámara encendida todo el tiempo, pero que probablemente no podía usarse lo que grabó. Cuando regresamos al hotel y vimos el material constatamos que había sido así.Yo había cubierto el fallido golpe de estado de Chávez años antes. Ahora, había entrado con él a Miraflores en una suerte de exclusiva, pero me había quedado sin entrevista. Más tarde me di cuenta del moratón que tenía en el brazo.       

DESPISTE EN NASSAU

Yo no sabía mucho de farándula. Pero eran los primeros años de la televisión en español en Estados Unidos y los reporteros de entonces éramos pocos y hacíamos de todo. Por eso es que me enviaron a Nassau, en las Islas Bahamas.. Julio Iglesias daba los últimos toques de producción a su primer album en inglés, 1100 Bel Air Place.

Llegué el día anterior con Eduardo Borges, el camarógrafo y Humberto Quesada, el sonidista. Habíamos alquilado un pequeño jeep y en él fuímos a los estudios de grabación Compass Point, que están en las afueras de Nassau. Son unos estudios muy famosos, donde han grabado los más grandes cantantes y grupos musicales del mundo. Allí estaría esperándonos el contacto que nos llevaría a Julio para hacer la entrevista.

El edificio de los estudios no me pareció nada del otro mundo, para la fama que tiene el lugar. Tocamos un timbre, y nos abrió una bahamense. Le dije que buscaba a Mario, que era nuestro contacto. Nos mandó a pasar al vestíbulo y entró por una puerta a buscar a alguien. Regresó con un hombre joven, de tez oscura,  pelo muy negro, una barba de varíos días y gafas de sol.  Nos dimos la mano y le dije quienes éramos. Nos dijo que lo siguiéramos y nos llevó a un salón para que preparáramos los equipos para la entrevista. Nos dijo que después de la entrevista podríamos filmar en el estudio donde estaban mezclando algunas de las canciones del album.

Eduardo y Humberto colocaron una frente a la otra las sillas donde haríamos la entrevista, pusieron la cámara en el trípode, e instalaron las luces. Al cabo de varios minutos,  regresó el señor de gafas oscuras que nos había recibido. Iba con él otro hombre joven a quien reconocí como Ramón Arcusa, el director musical de Julio Iglesias. El hombre de gafas oscuras nos dijo que ya podíamos comenzar la entrevista. Yo le dí las gracias. Le dije que todo estaba listo. Nos quedamos mirando uno al otro. Pasaron solo unos segundos, pero a mí me pareció una eternidad. El hombre de gafas oscuras rompió el silencio:

-¿Y…?-

-Pues sí, ya estamos listos para la entrevista.-

-Sí, ya me lo dijeron. Pero, ¿qué esperamos?-

-Bueno, pues esperamos a Julio.-

-Yo soy Julio.-

 ¡No podía creerlo! No había reconocido a Julio Iglesias. Y Eduardo y Humberto tampoco. Las gafas de sol, la barba de varios días y el fuerte bronceado que tenía le daban un aspecto muy distinto al Julio Iglesias de la televisión y los periódicos y revistas. Y como me costaba trabajo entender su acento no me di cuenta que me había dicho quien era cuando llegamos a los estudios. ¡Yo no sabía donde meterme! Me moría de vergüenza. Y temía que Julio Iglesias se iba a enojar y cancelaría la entrevista.

 -Señor Iglesias, le ruego que me perdone. Soy muy despistado.-

-No te preocupes. Es que tengo aspecto de gitano. Por eso vine a trabajar a Nassau. Para sentirme relajado y ni siquiera tener que afeitarme.-

-Sí, pero yo me siento muy apenado. Es inexcusable no reconocerlo.-

-Bueno, ya. No jodas más. No es para tanto. Acabémos ya de hacer la entrevista. Y no me trates de usted.-

 La entrevista nos fue muy bien. La única condición que nos puso Julio fue que no le filmáramos el lado izquierdo de la cara, que , según dijo,  no es el mejor. Después de la entrevista, pasamos al estudio donde Julio, Ramón Arcusa y un par de ingenieros trabajaron en la mezcla de sonidos de una de las canciones en el album, la única en español en el album, “Me va,  me va.”  Eduardo filmó por un rato. Y entonces Julio nos preguntó si habíamos acabado. Le dijimos que sí. Nos dijo que guardáramos los equipos, porque ahora tendríamos que beber unas cervezas y jugar billares.

 Pasamos a un salón de billares. Julio resultó ser un extraordinario jugador. Humberto había traído una cámara de fotos y nos tomamos varias con Julio. Han pasado 23 años y a mí se me han perdido varias de ellas. Pero me queda una en que Julio y yo tenemos el brazo por encima el uno del otro. Julio tiene una manzana mordida en su mano izquierda. A mí nunca me han llamado mucho la atención las fotos con gente famosa. Pero me satisface mucho tener ésta.

Estuvimos con Julio un buen rato. Al despedirnos, le volví a ofrecer disculpas. Se rió y me dijo que no jodiera más con el tema. Recuerdo lo último que nos dijo a Eduardo, Humberto y a mí:

"Les deseo que vivan largo y follen mucho."

ARMANDO ROBLÁN ( miércoles 9 de enero/13)

¿Puede ser dulce  un hombre varonil, un hombre muy macho?

Así era Armando Roblán. Acaba de morir a los 81 años. Armando era talentoso, trabajador, valiente, modesto, caballeroso, solidario, cariñoso. Era tantas cosas, Armando. Actuaba, pintaba, era caricaturista, guionista, un imitador sin comparación, levantó un teatro en Miami, triunfó espectacularmente en Cuba, Puerto Rico, Panamá, República Dominicana y aquí en Estados Unidos. Era mucho, Armando Roblán y yo lo recuerdo así porque muchas veces compartí con él. Pero sobre todas las cosas, recuerdo la dulzura de su carácter. Era como el gúarapo, Armando.

Muchas veces me hizo reir, Armando. Me reía cuando lo veía en el escenario en su teatro de la Calle Ocho de Miami. Me reía cuando escuchaba aquellos anuncios maravillosos de un calentador de agua que hacía en la radio de Puerto Rico con la voz de su personaje, Ñañito. Me reí mucho una vez que coincidimos como invitados en un programa de Charitin Goyco en Santo Domingo. Me reía cuando escuchaba aquellos programas radiales que hacía en Miami con Tito Hernández. Me hacía reir Armando cada vez que me topaba con él en cualquier lugar.

Como me apena la muerte de Armando. Tuvo una vida larga, que sin dudas incluyó la cuota de desdichas que nos toca a todos. Pero Armando fue feliz. A pesar de tener que abandonar Cuba, su Patria a la que tanto amó. Armando siempre recibió aplausos y cariño por donde quiera que paseó su talento. En Puerto Rico lo adoraban. En Quisqueya le veneraban. Y en Panamá y aquí en Estados Unidos. Tuvo una bella familia, Armando. Fue un hombre realizado, Armando, en su arte y en lo personal. Pero a mi me parece que esta es una muerte prematura.  Para mi, Armando Roblán seguía siendo joven y tenía mucha risa aún para repartir.

Tenía la dulzura de la gente que nunca deja de ser joven.

OTRO VIEJO CUENTO QUE RESCATO

Me encontré con Espinoza. Cuento escrito en octubre de 2009.

Me encontré con Espinoza en el supermercado.

Yo estaba con mi carrito en la hilera siete, buscando el detergente que uso para lavar ropa. Sí, lavo ropa. No me queda otro remedio. Vivo solo, ¿qué quieren que haga? Pero bueno, estoy allí en la hilera siete cuando escucho el vozarrón:

“¡Esa gente que dice que Obama nació en Kenya no sabe de lo que habla! ¡Obama es etiopé, mírenle las facciones! !Es uno de los bisnietos del Emperador  Haile Selassie! ¡Está en la Casa Blanca porque lo decidieron Selassie y Mussolini! ¡Es mentira que Italia invadió Etiopía! ¡Fue un engaño de Mussolini y Selassie y ahora metieron a Obama en la Casa Blanca!”

Yo me quedé frío. Le tengo terror a Espinoza. Nunca me ha golpeado. Pero  me hacen temblar las cosas que dice. El vozarrón venía de la hilera ocho, donde tienen las latas de maíz y frijoles. Yo salí huyendo rápidamente en la dirección opuesta, hacia la hilera seis, donde están los jabones y los desodorantes.  Doblé la esquina y chocó mi carrito con el de Espinoza. Se me había olvidado que Espinoza es ventrílocuo y tiene la habilidad de proyectar su voz. Bueno, su vozarrón. El vozarrón se escuchaba en la hilera ocho, pero Espinoza gritaba en la hilera seis. La gente huía de la hilera ocho porque escuchaba aquellas palabras tan contundentes y no veía de donde salían. Y la gente huía de la hilera seis también porque veían a Espinoza abrir y cerrar la boca y gesticular y dar saltos y darse golpes en la cabeza, pero no parecía emitir sonidos, aunque se escuchaba el vozarrón en la hilera ocho. La gente huía del supermercado entero, porque aunque el vozarrón se escuchaba desde la hilera ocho, tronaba en todo el lugar. Había una fuga masiva. Espinoza había provocado una estampida con su vozarrón y con las cosas terribles  que gritaba:

“¡No se dejen engañar, ciudadanos! ¡El caso del niño en el globo aeroestático en Colorado es parte de los planes ingleses de reconquista! ¡Abajo Margaret Thatcher!  ¡La Reina Isabel es una puta maldita que maltrata a sus perritos! !Nos quieren esclavizar y obligarnos a beber té a todas horas!”

La gente corría despavorida. Así es el poder de las palabras de Espinoza. Y yo, por desgracia, por despiste, por mala suerte, porque me abandonó  mi angel de la guarda, sin darme cuenta corro en dirección de Espinoza y choco mi carrito con el suyo. Cierro los ojos. Espero el inevitable regaño de Espinoza que seguro va a inspeccionar las latas de espárragos, las cajas de cereales, las uvas, la lechuga y el detergente que he colocado en mi carrito. Las críticas de Espinoza siempre han sido demoledoras. Me causan depresiones que duran semanas. Mantengo cerrados los ojos, esperando escuchar los alaridos de Espinoza. Pero nada. Silencio. Pasan segundos. Minutos. Pero nada. Silencio. Abro los ojos. Y allí está Espinoaa. Me está mirando. Sonríe. Me doy cuenta que se ha colocado varios dientes de oro, como los de Mike Tyson. No sé que hacer. No sé que decir. Por fin atino a balbucear:

“Hola, Espinoza. ¿Cómo estás? Long time, no see. Perdona por chocar con tu shopping cart.”

Espinoza, aún sonriendo, me dice con voz suave:

"¿Y de donde lo conozco yo a usted? ¿Es usted uno de esos espías que me siguen la pista, enviados por el Servicio Secreto de Mónaco?"

Yo agradezco que Espinoza me está hablando en voz baja. Me aterra su vozarrón. Pienso que quizás me habla así en ese tono gentil porque ya estamos solos en el supermercado. Se vació el lugar. Asumo que Espinoza piensa que no tiene necesidad de gritar para que lo escuchen en todo el supermercado. Me siento aliviado. Pero de pronto, Espinoza comienza a rasgarse las vestiduras. Y esto no es una exageración. Comienza a arrancarse la camisa pedazo a pedazo y a dar saltos y a emitir  unos aullidos espantosos. No sé si son aullidos de lobo o de coyote, porque con Espinoza nunca se sabe. Pero aquellos aullidos me ponen muy nervioso. Y de pronto Espinoza comienza a embestir los estantes con su enorme cabeza, y caen al piso los jabones y los desodorantes, pero, obviamente, a Espinoza no le preocupa esto.

Y yo, tímidamente, le digo:

“No, Espinoza, yo ni siquiera he viajado a Mónaco. Me dicen que el Casino allí en Mónaco es muy elegante, muy sobrio, no como los de Las Vegas con todas esas alfombras de colores estridentes y esas lámparas tan cursis. En realidad, nos conocemos de cuando trabajamos juntos en una agencia de seguros.”

Pero nada. No calmo los ánimos de Espinoza que empieza a gritar:

“!Bolcheviques! ¡Eso es lo que son! ¡Sinvergüenzas bolcheviques! !Quieren destruir la Torre Eiffel! !Quieren obligarnos a deshacernos de nuestros vehículos de motor y a usar el transporte colectivo! ¡Quieren forzarnos a vacunarnos contra una fiebre porcina inventada en los laboratorios de Oprah Winfrey! “

Y yo no puedo más. Agarro mi carrito y salgo huyendo. Corro por las calles de la ciudad, empujando mi carrito de supermercado. Cuadra tras cuadra. Llegó a mi casa, jadeando, agotado. Me detengo frente a la puerta. De pronto me doy cuenta que dejé mi camioneta en el lote de estacionamiento del supermercado. De pronto me doy cuenta que me fui sin pagar por lo que llevo en el carrito. De pronto me doy cuenta que se me olvidó colocar jugo de naranja en el carrito. Estoy nervioso. Confuso. ¿Que hago? La verdad es que no pagué por lo que tengo en el carrito porque las cajeras habían huido del lugar.

Pienso que regresaré al mercado mañana. Llevaré el carrito con lo que coloqué adentro. Recogeré el jugo de naranja. Recogeré mi camioneta. Sî, regresaré al supermercado mañana. Pagaré por todo. Ojalá que no me vuelva a encontrar allí con Espinoza. Es terrible encontrarse con Espinoza.

 


VUELVE EL BLOG

Había abandonado este blog. Pensaba que nadie lo leía. Estaba convencido de que nadie me hacía caso. Pero me entero que el blog es bastante leído y sobre todo en España. De casualidad, me topé con una página web  que mide la popularidad de los blogs. Mi blog tiene un altísimo ranking. 

Pues, bien, regreso al blog.

Y comparto con ustedes algo que escribí en mi libro “Escrito en Shenandoah,” publicado por Isla Books. Es algo que me pasó. Ojalá les guste:

 

EL BOLÍGRAFO DE WALESA----por Ricardo Brown

 

Era octubre de 1989. El camarógrafo Simón Erlich y yo llevábamos cuatro días en Varsovia. En la redacción del periódico Solidaridad nos habían informado sobre la reunión en la Iglesia San Estalisnao. Allí estaría Lech Walesa. Nos dijeron que posiblemente podríamos hablar con él.

Simón y yo llegamos a la iglesia con Magda, nuestra intérprete. Magda era una argentina hija de polacos. Estudiaba diseño de escenarios en Varsovia. La conocimos el día después de nuestra llegada a Polonia. Simón y yo habíamos ido  a la Embajada de Estados Unidos. No estábamos muy seguros de los reportajes que haríamos en Polonia. Pero yo sabía que frente a la embajada estadounidense se formaban largas filas de polacos que iban a solicitar visas. Pensaba  que podríamos usar esas imágenes en algún reportaje.

Simón filmaba la fila de polacos cuando ví a Magda. Fue como una aparición. Una bella joven rubia, con abrigo oscuro y boina negra que cruzaba la calle con el andar de una fiera que se sabe dueña del suelo que pisa y el espacio que le rodea. La gente le abría paso y el tránsito se detenía ante el avance de Magda.  O al menos lo recuerdo así. Entonces, se desapareció.

Cuando Simón terminó de filmar  la fila de polacos frente a la embajada, decidimos caminar por la zona. A una cuadra nos encontramos con otra larga fila frente a una tienda de cristalería. Pensé que tal vez también podríamos usar estas imágenes y hasta hablar con algunas personas en esta fila. Le pedí a Simón que filmara y, micrófono en mano, comencé a preguntar de uno en uno a los polacos en la fila si hablaban inglés. Me respondían con amabilidad, pero en polaco.

Nos movíamos del final de la fila hacia adelante. De pronto, desde atrás,  vi una cabellera rubia adornada por una boina negra. Me apuré, con Simón siguiéndome los pasos,  para hacerle la pregunta a la  dueña de Varsovia. ¡Y ella me respondió, “yes”! Me explicó en buen inglés que la gente hacía fila porque estaban vendiendo vasos en la tienda. Y que desde hacía tiempo había escacés de vasos en Varsovia.
Magda tenía el rostro de un angel, su pelo era un manto de oro y sus ojos tenían el color del cielo. Pensé que era la re-encarnación de Maria Walewska, la condesa  polaca que le robó el corazón a Napoleón cuando su ejército ocupó Varsovia en 1807.  Escuchando a Magda me di  cuenta que su acento en inglés no era polaco y me era familiar. Le pregunté si hablaba español y me contestó afirmativamente con un deje evidentemente rioplatense. Habíamos encontrado una intérprete.

Ahora Simón y yo  estábamos con Magda en la Iglesia San Estalisnao. La reunión sería en el sótano. Había unas 200 personas.  Simón y yo éramos los únicos periodistas  en el lugar. Walesa llegó poco después de nosotros. Fuímos hacia donde estaba. Magda le explicó quienes éramos y le dijo que deseábamos hacerle una breve entrevista. Faltaba un rato para el inicio de la reunión, y Walesa nos dijo que podíamos hablar con él de inmediato. Nos trasladamos a una pequeña oficina. Me fije bien en Walesa. En su espeso bigote y sus ojos alertas y penetrantes. En el traje gris oscuro que le quedaba grande y la efigie de la Virgen Negra de Czestotochowa en la solapa. Walesa sonreía. Su dentatura estaba en buenas condiciones. Despedía olor a comida. Por alguna razón se me antojó que había estado tomando sopa de remolacha antes de llegar a la iglesia. Walesa coqueteaba con Magda y ella obviamente se sentia halagada y le respondía con su encanto de diosa eslava y porteña  a la vez. Pero lo que más me llamó la atención fue el boligráfo que Walesa tenía entre los dedos gordos de su mano derecha mientras conversábamos.

La entrevista fue interesante para el momento aquel. Era un tiempo de cambios históricos precipitados en Polonia en los que Walesa era el principal protagonista. Pero lo que más recuerdo es la última pregunta que le hice en tono jocoso  a Walesa cuando Simón apagó la cámara  y la respuesta que me dio. Fue así:

—Señor Walesa, me sorprende que usted tenga un bolígrafo Mont Blanc. Estoy seguro que lo que cuesta equivale al salario de uno o dos meses de un electricista en los astilleros de Gdansk.

—¿Cómo? ¿Este bolígrafo cuesta tan caro?

—Sí señor. Unos cien dólares.

—Pues, mire me siento muy mal. Me lo prestó un periodista alemán para que le firmara un afiche de Solidaridad que llevaría a unos amigos polacos en Frankfurt, y sin darme cuenta me lo metí al bolsillo y no se lo devolví. Eso fue la semana pasada. Ahora el hombre está de regreso en Alemania y seguro que  cree que soy un ladrón.

Poco después comenzo la reunión en el sótano de la iglesia. Llegó Tadeuz Mazowiecki, un intelectual católico que era el Primer Ministro en el gobierno provisional de coalición que había en Polonia en ese momento. El General Wojciech Jaruzelski era el Presidente y Mazowiecki el Primer Ministro.

Mazowiecki, Walesa y otras personas se sentaron en la mesa presidencial y comenzaron los discursos. Walesa sería el  último orador. Habló primero un funcionario de Solidaridad cuyo nombre no recuerdo y después Mazowiecki. Walesa no les prestó atención. Se sacó el bolígrafo Mont Blanc de un bolsillo del saco. Lo miró de cerca. Lo desarmó y lo volvió a armar varias veces Estuvo así durante los discursos antes que llegara su turno para hablar.  Estaba fascinado con el Mont Blanc. Pensé que, sin que fuera mi intención, le había dado una lección de las rarezas del capitalismo a Walesa. Estaba un poco confuso Walesa en ese momento al enterarse que un simple bolígrafo de marca podía costar cien dólares, una verdadera fortuna para un electricista polaco como él.

Where are the feds? Jueves 9 de agosto/12




¿No es abuso de personas de la tercera edad –lo que
llaman en ingles “elderly abuse”-decirle a ancianos que viven en proyectos
habitacionales públicos que tienen que votar a favor o en contra de ciertos
candidatos o pierden el derecho a su vivienda?
Esos proyectos son subsidiados por el gobierno
federal. ¿No se violan las leyes federales?
¿No debe el Departamento Federal de
Justicia investigar todo eso que se dice
sobre la supuesta manipulación de votos ausentes de personas de la tercera edad
que reciben ayuda del llamado “Plan Ocho”?





¿EQUIVOCADO? PUES CREO QUE VOY A SEGUIR EQUIVOCADO. Sábado 4 de agosto/12

  1. ¿Será que hay una cultura de la trampa en algunos lugares?
  2. ¿Será que para algunas personas el fraude al Medicare, el fraude al seguro de accidentes de carros y el fraude hipotecario son algo así como una multa por una infracción de estacionamiento, un “parking ticket”?
  3. Por ahí anda toda esa gente corrupta. El “periodista” que cometió fraude hipotecario. El otro “periodista” que lo agarraron cometiendo plagio. Y los aceptan. Todos saben lo que hicieron. Y nada. Son respetables miembros de la comunidad. Igual que la persona que se declaró culpable de evasión de impuestos. Igual que el que llega a Miami y dice que era funcionario de la Seguridad del Estado en Cuba y ahora dice ser anti-castrista. Y no se pone en tela de juicio su complicidad con la dictadura en Cuba. Y yo rechazo a toda esa gente. No me quiero asociar a esa gente. Le huyo a esa gente y otros la abrazan.
  4. ¿Será que el equivocado soy yo?
  5. Creo que voy a seguir equivocado. No puedo cambiar.

BOLETEROS Y BOLETERAS---jueves 2 de agosto/12

Ya hace tiempo que no escribo en este blog. No tengo tiempo. Pero hoy he sentido enormes ganas de escribir sobre el escándalo de la supuesta manipulación de votos ausentes en Miami Dade. Pienso esto:

1. Me encanta el nombre ese que le han puesto a quienes manipulan votos ausentes: boleteras y boleteros. Me suena chistoso, aunque el tema no lo es.

2. Son despreciables los boleteros y las boleteras. Tramposos.

3. Son más despreciables aún quienes contratan a estos boleteros y boleteras.

4. Si es hallada culpable o se declara culpable, deben imponer una severa pena a la señora que acaba de ser arrestada y acusada de ser una boletera.

5. Pero la investigación no debe terminar ahí. Hay que irle encima a quienes les contratan y usan sus servicios.

6. Siempre ha habido tramposos en los procesos electorales. Ha ocurrido en otras partes del mundo. Ha ocurrido en otras partes de Estados Unidos. Pero me averguenza que este escándalo esté ocurriendo aquí en Miami Dade. Me abochorna que haya personas nacidas en el mismo país que yo involucradas.

7. Estoy cansado que se conozca al sur de la Florida como la capital del fraude al Medicare, la capital del fraude hipotecario, la capital del fraude de los seguros de accidentes. Estoy cansado de todos esos delincuentes que le dan una mala imagen a mi comunidad, a mi grupo étnico, al país donde nací.

8. Me da alivio saber que la enorme mayoría de mis compatriotas son personas decentes y trabajadoras.

9. Me duele que se juzgue a todos esos compatriotas míos, a esas personas ejemplares, por lo que hacen los tramposos.

10. Detesto a todos esos miserables mal agradecidos al país que los recibió y traidores al país donde nacieron que cometen fraude, que roban, que mienten para recibir cupones de alimentos, que trafican con boletas ausentes, que establecen cultivos de marihuana, que roban y matan caballos para vender su carne y que hacen tantas cosas terribles e incivilizadas.

El embargo comercial al régimen castrista. Domingo 18 de marzo/12

El embargo comercial nunca tuvo como meta derrocar al régimen comunista de La Habana. Fue una represalia, un contragolpe, del gobierno estadounidense a la confiscación arbitraria y sin ningún tipo de compensación por el régimen comunista de todos los bienes de empresas y ciudadanos estadounidenses en Cuba. En aquellos tiempos Fidel Castro estaba convencido de que iba montado sobre una ola histórica que arrasaría con el capitalismo y el imperialismo yanqui. SIn tomar en cuenta las posibles consecuencias para el pueblo cubano de su acción, decidió arremeter contras inversiones estadounidenses en Cuba. ¿Qué respuesta se podía esperar del Tío Sam? ¿Que pidiera perdón por sus pecados? ¿Que dijera, sí, Fidel, tienes razón? Se habla mucho desde el punto de vista de los cubanos de allá y de acá sobre si el embargo ha funcionado. Pero es que el propósito del embargo tuvo que ver más con los estadounidenses, de allá y de acá, que con los cubanos de allá y de acá. El gobierno de Estados Unidos tiene la obligación de proteger a sus ciudanos en donde quiera que estén. Tenía que enviarle un mensaje a Castro y al mundo entero de que paga un precio muy caro un gobierno extranjero que consfisque de un portazo, sin dar un solo centavo de compensación los bienes de empresas y ciudadanos estadounidenses. ¿Ha funcionado el embargo? Yo pienso que, para bien o mal, le ha funcionado al gobierno de Estados Unidos. Hasta donde sé, después de aquella confiscación masiva por el régimen de los Castro no se ha repetido en otro país lo sucedido en Cuba. Me imagino que después de la entrada del ejército de Vietnam del Norte a Saigón, los vietnamitas confiscaron como botín de guerra lo poco que quedaba de inversión estadounidense en Vietnam del Sur. Y claro que ya se arreglaron los estadounidenses con los vietnamitas. Pero, fuera de eso, no tengo conocimiento de que los aspirantes a ser nuevos fideles, como Chávez, Evo, Daniel Ortega, etc., hayan atrevido a repetir aquello de una confiscación masiva -sin compensación- de bienes estadounidenses. Le tienen terror a un embargo estadounidense. A mi me parece terrible la pobreza sin esperanza que sufre el pueblo cubano. Y se puede discutir hasta el cansancio sobre si es por el embargo, por el catastrófico modelo económico del régimen comunista o por una combinación. Pero estoy claro en que el embargo fue una medida -buena o mala- del gobierno de Estados Unidos para defender a sus ciudadanos. Tiene que ver con los intereses de Estados Unidos, cuya economía depende mucho en la inversión en el extranjero.
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Sobre el viaje del Papa a Cuba. domingo 18 de marzo/12

1. Es importante ver lo que diga y con quien se reuna el Papa Benedicto 16 en México y lo que diga y con quien se reuna en Cuba. Yo cubrí como periodista dos viajes del Papa Juan Pablo Segundo a México. En ambos viajes -como en sus otras tres visitas a México- habló muy claro el Santo Padre de la injusticia contra los indígenas mexicanos y de la responsabilidad que tenía la clase gobernante de la pobreza de gran parte del noble pueblo mexicano. Cubrí también la visita del Papa Juan Pablo Segundo a Cuba. Denunció el embargo. Pero fue muy ambiguo en cuanto a la responsabilidad que tiene el régimen comunista por la pobreza y la opresión del pueblo cubano. Para mi todo aquello de “Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba” fue -y es- demasiado ambiguo. Prefiero a la Iglesia cuando habla como Jesús en el Sermón del Monte. Muy claro. Prefiero el lenguaje claro y contundente de los Diez Mandamientos, que dejan muy claro , por ejemplo, que matar es un pecado. Yo prefiero a la Iglesia cuando habla como el Padre Felix Varela y el Arzobispo Pedro Meurice. En voz alta, en lenguaje claro, diáfano, para que no haya ninguna duda del significado del mensaje.

2. Definitivamente hay una marcada diferencia entre el tono áspero con que la Arquidócesis de la Habana se refiere en sus comunicados a los disidentes cubanos y la amabilidad, deferencia y eterna sonrisa que muestra Su Eminencia el Cardenal Jaime Ortega y Alamino cada vez que se le ve en compañía de los jerarcas del régimen comunista.

BUENA EDUCACION, MALA EDUCACION. 6:25PM, jueves 1 de marzo/12

1. Es impresionante que fueron más de cincuenta mil personas a ver el partido de fútbol de las selecciones de Colombia y México en el Joe Robbie Stadium ayer. 

Me cuentan que había más mexicanos que colombianos. Ojo con eso. Diga lo que diga el censo, la comunidad mexicana ha tenido un crecimiento explosivo en el sur de la Florida en los últimos años. Se le debe prestar más atención.

Me cuentan que el comportamiento del público fue ejemplar.

 

2. ¿Será cosa mía?  Me desespera la gente mal educada. No sé  por que me tengo que topar con tantos trogloditas. ¿Será una cuestión de karma? Hoy tuve ganas de mandar a un par de personas al carajo, por mal educadas. No lo hice por que tal vez peco de exceso de modales

 

 

 

 

Delirios de sábado. Stream of consciousness. 10:00AM, sábado 25 de febrero/12

Uno tiene que nutrir el espíritu. Alimentar el alma. Con la lectura. Con la música. Con la buena conversación. Con los viajes.  Con la imaginación. Con todo lo que nos incite al delirio. Ahora mismo escucho a Bach. El Concierto de Branderburgo Número Tres. Que grande, Bach. Hace años, cuando trabajaba en Univisión, me inventé un viaje a Leipzig para cubrir la primera visita de Helmut Kohl a lo que era entonces Alemania Oriental. Pero de veras yo quería ir a Leipzig para entrar en la Thomaskirche, la Iglesia de Santo Tomás, donde Bach trabajó como cantor y donde  descansan sus restos. Fue uno de mis muchos peregrinajes. Cuanto peregrinaje he emprendido a las tumbas de gloriosos muertos que en realidad viven, porque los siento, son mis amigos, me hablan con su música, sus lienzos, sus poemas,  sus novelas. Allá en Hartford me iba a la casa de Mark Twain, diseñada como un river boat del Mississippi y me metía en el salón de billares y juro que escuchaba la risa de Twain. Y dos veces me fui con Eileen para el Walden Pond en Massachussetts a comulgar los dos con Thoreau. ¿Qué habrá sido de Eileen? Una vez compré un boleto de Londres a Dublín en un arrebato por buscar a Eileen y no me monté en el avión. Me entró miedo de encontrar a Eileen y ver que no era la misma, con su pelo rojizo, sus ojos del azul de la primavera irlandesa, su piel blanca, perfecta, sus labios suaves. Besar la boca de Eileen era como besar a una rosa. ¿Me dejaría besarla de nuevo? ¿Me provocaría besar la boca de Eileen cuando me la encontrara? La idealizaba, la tenía como una de esas doncellas que inspiraban a Yeats, quizás me la había imaginado, quizás no había existido Eileen como la recordaba yo.  Me dio terror encontrame de nuevo con Eileen. Por eso no abordé el avión a Dublín.  La Eileen en mi memoria, la que tengo aquí ahora presente, tiene 17 años y es esbelta y bella y de sencilla elegancia y alegre y brillante y me ama. Me dijo que siempre me amaría como la he amado yo todos estos años. Un amor de toda una vida por alguien a quien no vi más desde aquel día triste que regresó a Irlanda con su madre y sus hermanos y la besé por última vez. Tuve miedo en Londres de montar el avión y en algún rincón de Dublín o en algún pub de County Cork encontrame con una Eileen que ya no sería Eileen y me contaría quizás de su esposo y de sus hijos y yo le contaría lo que hice y lo que he caminado. Y ambos seriamos cariñosos, pero nos hubiera dolido aquel encuentro porque de frente tendríamos a una realidad bastante distinta al sueño que nos prometimos o que ella me hizo prometer de no vernos más, de no escribirnos, de no buscarnos, de mantener intacto, puro, aquel recuerdo. Hice un pacto con Eileen. Un pacto forzado, quizás, de mi parte, por que la quería, por que me deslumbraba y hacia todo lo que ella me pedía. Pero un pacto que estuve a punto de romper aquel día que no abordé el avión a Dublín. Y ahora que escucho a Bach, recuerdo que fue Eileen quien me enseñó a escucharlo en aquelos momentos tiernos, Eileen que amaba a los Beatles, pero amaba más a Bach, y yo llegué a amar a Bach por ella. Me doy cuenta ahora que fui a Leipzig, fui a la Thomaskirche a la tumba de Bach por Eileen, en busca de Eileen, deseando en mi delirio encontrarme allí con Eileen, como siempre he deseado encontrarla en el salón de billares de la casa de Mark Twain en Hartford, como he desado encontrarla de nuevo en Walden Pond cuando he regresado allí. Y eso que escribí al principio, eso de nutrir el espíritu, de alimentar el alma con la lectura, con la música, con la buena conversación, con los viajes, con la imaginación, esas son palabras de Eileen, que de lejos en el tiempo y en la distancia nunca me ha dejado de hablar. La escucho ahora decirme de nuevo: “No nos veremos jamás, así está escrito en las estrellas. Pero siempre estaremos presentes en el recuerdo del uno y el otro como somos en este instante: Jóvenes, con ideales, son sueños, con una vida por delante, con mucho por aprender.  Y tendremos amores y desamores. Y cambiarán nuestras vidas, porque la vida es cambio. Pero nunca cambiará la imagen que yo tengo de ti ni la que tú tienes de mi.” Yo no tengo fotos de Eileen y ella no guardó fotos mías, Eso fue parte del pacto. Pero yo tengo una foto de como era yo, de quien era yo, en aquel breve pero eterno tiempo en que  Eileen y yo fuimos uno solo. A veces la coloco en Facebook y en Twitter. No he encontrado a Eileen en esto que se llama redes sociales. Ni siquiera sé si vive Eileen. Pero ahí en Facebook, en Twitter, esta la imagen de quien fui yo como adolescente. Quizás algún día ella la vea. No estoy seguro que quiero que sea así.  Quizás la vean sus hermanos. Quizás algún día sepa de Eileen. Quizás no. Sí sé esto. Escucho a Bach y la siento junto a mi. 

Vientos de Cuaresma. 8:10 AM, martes 21 de febrero/12

Me comenta alguien: 

“¿Qué te pasó? Te la has pasado escribiendo en el blog en estos días. ¿Qué te ha dado?”

Respondo:

Yo tengo dos hábitos, quizás son obsesiones, desde muy niño. Leo y escribo constantemente. Leo para satisfacer mi curiosidad intelectual, para nutrir el espíritu. Escribo como desahogo y como una forma de organizar el pensamiento. Ando siempre con algo de leer y algo con que escribir. Un libro, una revista, un periódico. Un bolígrafo, una libreta.

Leer y escribir son para mi formas de ejercicio para el  cerebro y el espíritu. Mi biblioteca y la mesa donde escribo son una suerte de gimnasio mental y espiritual. Y más allá de lo que puedo leer en casa, la lectura y la escritura son hábitos (¿obsesiones?) portátiles. Uno puede leer y escribir en un avión, en la sala de espera de un médico, en mil situaciones y lugares.

Lo que leo es importante. Lo que escribo, no. Lo que leo va hacia mi mundo interior. Lo que escribo -más allá de lo que tengo que hacer debido a mi oficio- siempre iba a la gaveta o al recipiente de basura. Hasta que surgieron los blogs.

Ahora a veces escribo en un blog. No es profundo lo que escribo, porque no soy un tipo profundo. Pero es  sincero e irreverente, porque así soy yo. Conmigo mismo y con el  mundo.

Pero, ¿por qué he escrito tanto en estos días?

Es por que se acerca la Cuaresma. No soy especialmente religioso. Pero algo espiritual me marca.  Sobre todo en este tiempo del año. Se aproxima la Cuaresma y me hundo más en la lectura, en la reflexión, en la obsesión de escribir. Y, curiosamente, ahora me ha dado por compartir mucho de lo que escribo. No sé si es bueno o malo hacerlo. Pero no hay pretensión. Y no es de gran importancia.

Es algo misterioso. Quizás tenga que ver con lo que aprendí de muy niño en la escuela La  Salle, que es lo único útil y valioso que aprendí en todas  las aulas donde pasé  -o desperdicié- tantos años de mi vida.

Por cierto, cuando llega la Cuaresma (y mañana es miércoles de cenizas) soy dado al silencio. O al menos al mayor silencio posible. Después de todo, me gano la vida con el sudor de la lengúa.

Pero quizás ponga a descansar el blog mañana. Por cuarenta días. No sé.

 

El Tío Sam me da plata, pero las petroleras me la quitan.11:15PM, lunes 20 de febrero/12

Sube la gasolina. Ya está a casi cinco dólares el galón en partes de Los Angeles. Yo no lo entiendo. Es verdad que hay nerviosismo por la posibilidad de que Israel ataque a Irán para demorar el desarrollo del arsenal nuclear persa. Entiendo que eso puede tener un impacto en el precio del crudo. Pero, concho, ¿no es verdad que por otra parte hemos tenido un invierno muy benigno aquí en Estados Unidos? ¿No quiere decir esto que tenemos bastante inventario de petroleo y sus refinados en este país? ¿No funciona esto según los mecanismos del mercado, aquello de oferta y demanda? ¿Donde diablos se ha metido Adam Smith?

Caramba, en Washington se pusieron de acuerdo los demócratas y republicanos en el tema de la extensión de la reducción del impuesto a la nómina. Pero esa plata  que no me quitará el Tío Sam en vez de ir a parar a mi cuenta de banco terminará en el tanque de gasolina de mi carro.

¿No es esto una transferencia de riqueza? Es decir, de la poca riqueza mía a la mucha riqueza de las petroleras y los gobiernos de la OPEP.

Bueno, ya no más. Me voy a dormir. 

Uf, ¿será que puedo conciliar el sueño? Tengo que llenar el tanque de mi auto mañana.

Barbarie. 10:10PM, lunes 20 de febrero/12

Encontraron otro caballo descuartizado en el noroeste del Condado Miami Dade.

Aparentemente es una yegüa muy joven y pequeña, posiblemente un pony.

Dicen los investigadores que el animal parece haber sido robado a sus legítimos dueños.

Todo indica que el animal fue sacrificado de una forma primitiva y que probablemente sufrió mucho al morir.

¿Qué se cree esta gente que hace estas cosas?

¿En que lugar del mundo cree estar?

Ojalá que agarren a estos salvajes a la mayor brevedad posible.

Ojalá se enferme del estómago quien coma la carne de la pobre yegüa descuartizada.