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RICARDO BROWN

LA BREVE RISA DE PLACIDO DOMINGO

Conocí a Plácido Domingo en la peor de las circunstancias.  Fue en septiembre de 1985 en la Ciudad de México, dos o tres días después del terremoto que causó la muerte a más de veinte mil personas en esa ciudad, entre ellas cuatro familiares cercanos del famoso tenor.

El Noticiero Sin había enviado un grupo bastante grande de productores, reporteros, camarógrafos y técnicos a México para cubrir las tareas de rescate y recuperación. Una noche, el reportero José Díaz Balart, el camarógrafo Angel Matos, el sonidista Manuel Villela y yo fuimos a la zona de Tlatelolco, donde se había derrumbado el Nuevo León,  un gigantesco edificio de trece pisos, con unos 300 apartamentos.

Cuando llegamos al lugar, unas enormes luces iluminaban la montaña de escombros que había sido el Nuevo León. Varios perros especialmente entrenados buscaban señales de vida entre los escombros. Había un absoluto silencio. Los perros usaban su olfato y su sentido de audición en sus tareas de rescate. Pasaron varios minutos, pero los perros no encontraron nada.

Un pequeño grupo de personas observaba en silencio a pocos metros de los escombros. Todos, al igual que nosotros, tenían pañuelos amarrados que les cubrían la nariz y la boca. Había mucho polvo. Alguien nos señaló que una de las personas era Plácido Domingo. José y yo lo entrevistamos.

El gran tenor nos contó que él había vivido de niño en ese edificio. Su familia había emigrado a México en 1941. Sus padres, que cantaban con una compañía de zarzuelas, viajaban mucho. Y quienes verdaderamente le habían criado, allí en el Nuevo León, habían sido sus tíos, que eran sordomudos. Sus tíos, un primo hermano y el pequeño hijo de éste estaban dentro del Nuevo León cuando el edificio se vino abajo. Nos dijo Plácido que, al enterarse de lo ocurrido, de inmediato viajó a México. Creo que me dijo que estaba en Filadelfia cuando supo del terremoto.

La entrevista fue breve. José y yo no queríamos molestar a Plácido. Yo nunca he entrevistado a una persona más triste.

Por varios días, regresé al sitio donde se había levantado el Nuevo León. Allí, a todas horas, estaba Plácido Domingo. Cada día le crecía más la barba y se veía más demacrado. Nunca más quise entrevistarle en cámara. Me parecía que era invadir su privacidad. Pero varías veces conversé con él para preguntarle como iban las labores de rescate. Siempre fue amable. Me contó una vez que había cancelado todas sus presentaciones en los próximos meses, pero que algunas compañías de opera lo presionaban para que reanudara su itinerario. No podía entender como eran tan insensibles, me dijo.

En la prensa mexicana leí, que mucha gente del mundo de la opera temía que el polvo, la falta de descanso, la mala alimentación que tenía en aquellos días, y la angustia le iban a afectar su voz. Nunca le hablé de eso.

En aquellos días, Plácido Domingo llegó a reconocerme. Pienso que apreciaba que yo iba a Tlatelolco para solidarizarme con él y las  demás personas que hacían una permanente vigilia frente a los escombros. Una vez me preguntó si yo era cubano. Se dio cuenta por mi acento. Y me habló de cómo sus padres viajaban mucho a Cuba. Me contó de cómo amaba la música de Ernesto Lecuona. Yo le dije que de muy pequeño conocí a Lecuona, que era amigo de mi abuela. Le conté que lo más que recordaba de Lecuona  es que era muy alto y a mi, que era un niño, me parecía un gigante.

“Es que era un gigante,” me dijo. Y se río, detrás del pañuelo amarrado que cubría su boca y su nariz. Es la única vez que le escuché reír. Aquella fue la última vez que vi a Plácido Domingo. Al otro día regresé a Miami.

Después de mi regreso a Miami, me enteré que Plácido se había unido a las tareas de rescate. Y estuvo entre un grupo de voluntarios que recuperaron los cadáveres de sus tíos.

Han pasado más de 22 años desde aquellas noches frente a los escombros del Nuevo León en Tlatelolco. Estoy seguro que Plácido Domingo no se acuerda de mi. Pero para mi, aquellas imágenes, aquellas breves conversaciones, son imborrables.

No deja de asombrarme que ese gran tenor, de magnífica voz y oído, fue criado por unos tíos sordomudos, a quienes amó muchísimo. Y que por estar allí en Tlatelolco, esperando hasta que rescataran sus cadáveres, arriesgó su carrera y hasta su prodigiosa garganta.

Y siempre recuerdo que hablar de Ernesto Lecuona por un  instante sacó a Placido de su profunda tristeza  y hasta le arrancó una fugaz risa. Es verdad lo que me dijo Plácido. Lecuona era un gigante. Y Plácido Domingo también. Siento orgullo en que me cruce con ellos en momentos breves de mi largo camino.

25 de diciembre de 2007 

 

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