Se me perdió el dinero. 16 de noviembre/09
Soy olvidadizo. Distraido. Vivo en la luna de Valencia. Como quieran llamarle. El hecho es que soy así desde niño. Se me pierden las cosas. Y varias veces he pasado grandes sustos por ello.
Como aquella vez en Barbados. Se me quedó un sobre con cuatro mil dólares en un taxi. Era dinero que me habían dado en el Noticiero SIN para cubrir gastos en la cobertura de la Invasión de Grenada. En aquellos tiempos en la Sin nos daban dinero en efectivo. No había tarjetas de crédito de la empresa. Yo creía que tendría que pagar esa plata. Pero, sorpresivamente, el caballeroso y honesto chofer vino al hotel y me entregó el sobre. Se negó a aceptar una recompensa. No me acuerdo de su nombre.
Pero si me acuerdo de Antonio, en Tegucigalpa. Me pasó lo mismo. Dejé un sobre con siete mil dólares en un taxi. Y Antonio regresó al hotel y me entregó la plata. Recuerdo bien su nombre, porque cuando me di cuenta que había dejado el dinero en el taxi, le pedí a San Antonio que me ayudara. Mi mamá jura que a si a uno se le pierde algo, le pide a San Antonio que lo ayude y aparece el objeto perdido. En Barbados se me había olvidado aquello y el dinero había aparecido de todas formas. Pero en Tegucigalpa, me acordé de San Antonio y recuperé el dinero y dio la casualidad (¿sería casualidad?) que el taxista se llamaba Antonio. Antonio tampoco quiso aceptar una recompensa. Pero si aceptó darse un par de tragos conmigo. Nos hicimos amigos y lo vi muchas veces después en otros viajes a Tegucigalpa y hasta conocí a su esposa e hijos. Tremenda familia.
Por esas y otras razones, Barbados y, sobre todo, Honduras son lugares que yo quiero mucho. Nunca me olvidaré de esos taxistas tan honestos y decentes. He hecho el cuento diez mil veces. Y esta vez lo hago por algo que me pasó esta mañana
Estaba, como siempre, muy apurado. Entré corriendo a una oficina de correos donde tengo una caja postal. Había un señor ya mayor abriendo su caja postal y sacando el correo. El señor terminó y se fue. Yo saqué mi correspondencia de mi caja y empecé a echar en la basura todo el “junk mail” que recibo. De pronto, el señor entro de nuevo a la oficina de correos. Me preguntó:
-¿Usted acaba de entrar, no?-
-Si señor-
-¿Se le cayó algo?-
Vi entonces que el señor agarraba en su mano derecha un puñado de billetes. Me toque los bolsillos y me di cuenta que se me había caido el cambio de algo que había comprado antes de ir a la oficina de correos. Eran menos de diez dólares, que me había metido en un bolsillo. Le dije al señor:
-Creo que si, que se me cayó algo-
-Dígame, ¿que se le cayó?
-Pues creo que un poco de dinero-
-¿Cuanto?
-Pues mire, la verdad que es no sé-
-Pues dígame, ¿cuanto?
-Señor, la verdad es que no sé la cantidad exacta-
-¿Cómo no va a saber la cantidad exacta?-
-La verdad, señor, es que no sé, es pequeña-
-¿Y cómo voy a saber yo si usted me dice la verdad?-
Y ahi perdí la paciencia. Le dije al señor que verdaderamente yo no estaba en ánimo de someterme a un interrogatorio y que tampoco tenía tiempo de hacerlo pero que, ya que le interesaba eran quince millones de dólares con cincuenta y siete centavos, pero que como soy una persona noble y caritativa se lo regalaba a él que seguro lo pondría a mejor uso que yo, que lo único que hago con el dinero es gastármelo en todo tipo de actividades ilícitas que atentan contra la moral, la decencia, la fauna, la flora y la paz mundial. Y con la misma le dije que tuviera un buen día y me marché. El señor no me dijo nada. Y ahora pienso que, en un arranque de impaciencia herí los sentimientos de un pobre señor que a lo mejor gritaba en vez de hablar porque es medio sordo. Aunque, pensándolo bien, parecía escucharme sin ningún problema. Quizás es sencillamente que el señor en un chusma. O tal vez es que yo soy un prepotente. Pero la verdad es que me molestó el señor. Y me hizo pensar en el taxista de Barbados y Antonio, el taxista de Tegucigalpa. Caramba, aquellos señores si que eran educados. Me devolvieron miles de dólares que yo, de idiota, había perdido. Y este señor, por menos de diez dólares, quería someterme a un interrogartorio estilo Abhu Graib.
SONG OF THE WORMS. November 9, 2010
I usually try to avoid Downtown Miami at night. There’s something creepy about it. I always think werewolves, vampires and zombies come out in Downtown Miami when darkness falls, whether there’s a full moon or not. Last night, though, I screwed up my courage and decided to go see Margaret Atwood’s presentation as part of the Miami International Book Fair at the Downtown Campus of Miami Dade College. I’m glad I did.
Margaret Atwood was funny. The crowd was great. About a thousand people turned out. Many of them were Latinos, but I don’t think I’ve seen as many “anglos” gathered together in Miami in years. I love Miami’s Latin atmosphere. The people, the food, the music. But I also miss a lot about life in the English-speaking USA, especially the people, the gringos, white, black, asian, etc. I wish we had more of a mix of people in Miami. At best, it would prevent me from forgetting the English language, which I don’t get to practice much anymore.
I enjoyed Margaret Atwood’s talk and I bought her new novel, The Year of the Flood, which I’ve already started reading. But the main reason I went to see her is that I love her poetry, which had nothing to do with her presentation last night. I just felt I had to be there and thank Margaret in silence for being a great poet. I ’m always moved every time I read one of her poems, Song of the Worms. I’m so fond of that poem that I did three paintings, inspired by it. The paintings are not much, but the poem is sublime.
I know Song of the Worms has nothing to do with politics and much less with Cuba. But, being a Cuban who’s lived most of his life outside of his country of birth, I can’t help having become obsessed with a poem that talks of the dignity and inevitable victory of worms, the tyranny of boots, fences that will topple and brick walls that will ripple and fall. If you’re Cuban, you may understand what I mean. If you don’t undertand, it’s not that important. It’s my very personal interpretation of a work of art. It’s just me being childish, like my paintings. Here’s the poem by Margaret Atwood:
We have been underground too long,
we have done our work,
we are many and one,
we remember when we were human
We have lived among roots and stones,
we have sung but no one has listened,
we come into the open air
at night only to love
which disgusts the soles of boots,
their leather strict religion.
We know what a boot looks like
when seen from underneath,
we know the philosophy of boots,
their metaphysic of kicks and ladders.
We are afraid of boots
But contemptuoous of the foot that needs them.
Soon we will invade like weeds,
everywhere but slowly;
the captive plants will rebel
with us, fences will topple,
brick walls ripple and fall,
there will be no more boots.
Meanwhile we eat dirt
and sleep; we are waiting
under your feet.
When we say Attack
You will hear nothing
at first.
Mis amigos que fueron a la guerra. Y los políticos y otros que hablan de guerra pero que le huyeron cuando les tocó a ellos. 29 de octubre/09
De muy joven, cumplí dos años de servicio militar. Eran los tiempos de la Guerra de Vietnam. Hice entrenamiento de infantería y estaba en una especialidad militar que practicamente garantizaba que me enviarían al frente de batalla. Pero tuve suerte. Cumplí mi servicio militar activo en bases en Estados Unidos, a miles de millas de donde sonaba la metralla. Quizás eso me creó algún tipo de remordimiento. Muchos de mis amigos de entonces y amigos que conocí después no tuvieron la misma suerte.
A Bob lo mataron en combate pocos días después de llegar a Vietnam. Recuerdo su entierro en Massachussetts. Un Irish Wake en que sus amigos y familiares se pasaron la noche bebiendo y celebrando la vida del muerto. Se supone que un velatorio irlandés debe tener una buena dosis de humor. Pero, con disculpas a James Joyce, yo me sentí muy triste aquella larga noche. Y siento tristeza cada vez que pienso en Bob y en su viuda y su niñito. Siento eso ahora, que escribo estas líneas.
John fue a Vietnam y regresó vivo. Pero cuando volvió de la guerra no era el mismo tipo tan alegre y despreocupado que yo despedí el día que marchó a Vietnam. Le he perdido el rastro a John. La vida es así. A veces algunos de nuestros mejores amigos, los inseparables cómplices de mil parrandas se nos pierden en el tiempo. En el caso de John, nunca lo olvidaré. Nunca olvidaré que cada vez que me daba un trago en Boston, cada vez que salía con una chica, pensaba que John estaba en la jungla en Vietnam.
Russell también fue a la guerra y regresó. Una de sus primas fue novia mía por dos semanas. Los noviazgos eran breves en aquellos tiempos. Al menos los míos. Hace años que no sé de Russell y de su familia, que llegó a ser como familia mía. Sus padres, Floyd y Helen decían que yo era su tercer hijo, el hijo cubano. Fue Russell quien me hizo conocer la música de Mississippi John Hurt, Lighnin’ Hopkins, the Reverend Gary Davis y todos esos genios del auténtico Blues. ¿Qué se habrá hecho de Russell? ¿Y de su prima, que en aquellas dos semanas adoré? ¿Estarán Facebook?
En Facebook, en mi lista de amigos esta Tom. Que personaje. Un auténtico personaje de película . Fue amigo de la infancia en mis primeros años en este país. Tres veces lo hirieron en Vietnam. Un tipo de una valentía descomunal. Despues fue jefe de policia. Se ha casado no se cuantas veces. En aquellos años en que éramos practicamente niños Tom era uno de los tipos más populares de la escuela. Todas las niñas que no me hacían caso a mi estaban enamoradas de Tom. No supe de él por años. Hoy volvemos a ser amigos, aunque en la distancia.
Y Guido. Mi querido Guido que también era un rompecorazones en la Escuela Riverside y después en la Ada Merritt. Guido también fue a Vietnam y afortunadamente regresó. Yo siempre pensé en Guido como un hermano más. Así pienso en él, aunque vive lejos y hace un rato que no lo veo. Agradezco a Dios que Guido regresó de Vietnam.
Juan, mi amigo de aquellos tiempos y de siempre, fue piloto en Vietnam. Juan tiene mil cuentos de la guerra. Pero no los hace. Prefiere hacer los mil cuentos sobre su vida como piloto después de la guerra. Fue piloto de Paul Mc Cartney, de los Rolling Stones, de un montón de gente famosa. Que clase de tipazo, Juan.
A Papo lo conocí después en Hartford. Trabajamos juntos en SIN y Univisión. Es un director de televisión de primera. Con una vida muy interesante y fructífera y sus mil cuentos también, como cuando fue director de Oprah Winfrey en Baltimore. Papo habla poco de la guerra de Vietnam. Pero allí estuvo. En la línea de fuego. Exponiendo su vida.
He estado pensando en todos estos amigos en estos días en que aumenta la cifra de muertos estadounidenses en Afghanistán. La guerra es una mierda. A mi por un milagro, o porque Dios escuchó las oraciones de mi madre y mis hermanos, no me tocó ir a la guerra cuando estuve en el servicio militar. Pero después, como reportero, cubrí muchas guerras en muchos lugares del mundo. Odio la guerra. No es que sea un pacifista. Sé que la guerra ha sido una constante de la historia y que ha habido guerras necesarias. Pero odio la guerra.
He estado pensando en esto durante todos estos días. He estado pensando en como en este país se habla de guerra, pero quienes aportan el sacrificio son pocos. Los jóvenes militares. Sus familias. Pienso en como hay gente que habla de la guerra a la ligera. Gente que jamás ha vestido un uniforme militar. Gente que jamás ha tenido que enfrentar la metralla y que aboga por guerra y más guerra siempre y cuando sean otros y los hijos y las hijas de otros quienes arriesguen el pellejo. Gente que pide guerra pero que no quiere que le aumenten los impuestos para costear la guerra.
Pienso en los políticos de mi generación que se zafaron el cuerpo y de una forma u otra evadieron el servicio militar obligatorio para no ir a Vietnam. Que ni siquiera vistieron un uniforme. Y ahora son guerreros.
A veces –ya lo dije- me da remordimiento de que a mi me tocó la suerte de no haber ido a la guerra a pesar de haber sido un militar en activo. A veces pienso que fui un cobarde por no haber ido de voluntario. Una vez se lo dije a mi hermano Carlos. Me dijo que lo honorable, lo valiente era no pedir que me mandaran al frente de combate porque eso destruiría a nuestra madre. No sé si me calmó o me convenció o simplemente me dio un pretexto. Lo cierto es que nunca pedí ir al frente de combate. A veces pienso que no fui porque tenía más miedo de tener que matar yo a que me mataran a mi.
Pero mis amigos no tuvieron esa suerte. Pienso en ellos en estos días. En Bob y otros que no regresaron de Vietnam.. Y en los que pudieron volver. Tremendos tipos. Valientes, decentes, inteligentes, honorables.
Hubo atrocidades de ambas partes en la Guerra de Vietnam. Es verdad. Así son las guerras. Una mierda. Le sacan lo peor al ser humano. Pero a veces le sacan lo mejor.
Es terrible la guerra. Es terrible esta guerra en Afganistán. Y una de las cosas más terribles para mi es tener que escuchar a gente cobarde hablar de guerra cuando ellos eludieron el servicio militar obligatorio durante la Guerra de Vietnam. Hubo un tiempo en que casi se le exigía a los políticos de este país haber servido en las fuerzas armadas. John F. Kennedy y George Bush (el padre), de familias millonarias, usaron la influencia de sus padres para que los enviaran a los frente de combate en la Segunda Guerra Mundial. A Kennedy le hundieron el PT Boat que capitaneaba. Bush se tuvo que lanzar al mar desde su avión.
Pero estos son otros tiempos. Hoy la guerra es cosa de unos pocos que van a pelear y morir. Hoy muchos de los políticos que hablan de guerra son gente que le huyó a la guerra cuando les tocó a ellos y que no quieren que sus hijos tengan que ir a donde suena la metralla. Creen que deben ser los hijos de otros los que tengan que ir a matar y morir. Yo pienso que eso es injusto. No le hago caso a esa gente que habla de guerra y eludió el servicio militar cuando era obligatorio en este país. Pienso que si estamos hablando de que es necesaria una guerra, pues que todos tengamos que aportar una cuota de sacrificio. Las guerras, si de verdad son inevitables y necesarias, deben ser libradas por la nación entera. Detesto a los terroristas de Al Qaeda y el Talibán. Pero pienso también que mucha de la gente que habla de guerra es una mierda. Tan mierda como la guerra misma.
Espinosa llamó a un programa radial 28 de octubre/09
Espinosa llamó a un programa de radio en que abren los micrófonos al público. Esto es lo que dijo:
“Mire, quiero informar a los radio escuchas que no se dejen engañar. Quiero denunciar aquí que Alejandra Guzmán ha sido víctima de una conspiración de los banqueros suizos. Fueron ellos, que no tienen escrúpulos ni madres que los parieran, quienen mandaron a inyectarle el veneno ese que por poco le hace reventar los glúteos. Ya le habían hecho lo mismo a Henry Kissinger cuando se peleo con ellos por el penoso episodio de la Serie Mundial en Nueva York entre los Yankees y los Mets, aquella farsa que llamaron la “Serie del Subway” y cuyos resultados habían sido ya pactados por la Reina de Holanda, que es una degenerada, y Colin Powers que, como he denunciado en varias ocasiones, es una marioneta de las grandes firmas farmacéuticas que controlan a la Organización de Naciones Unidas y al Sea Aquarium de Miami. Ya yo he dicho todo lo que hay detrás de esa ballena asesina senil que tienen en el Sea Aquarium, pero nadie me ha querido hacer caso. Quedó Kissinger con el trasero que parecía la cara de Oscar de la Hoya después de aquella pelea con el pseudo filipino Manny Pacquiao que también fue arreglada, pero por Margaret Thatcher y la General Electric. Todo el mundo sabe que Pacquiao es croata. Yo tengo una copia de su certificado de nacimiento. Esos banqueros suizos son los que les han inyectado las nalgas a todos los mandriles de Africa y los que hay en los zoologicos y por eso tienen el trasero inflamado y de color purpura , que es como querían que se viera Alejandra Guzmán. Yo traté de comunicarme con Alejandra Guzmán. Hice todo lo posible por advertirle que no se dejara poner esas inyecciones en las nalgas. Pero no pude porque tengo el teléfono intervenido por la Cruz Roja. La Cruz Roja monitorea todas mis llamadas. Están grabando esto que les estoy diciendo ahora mismo. Pero a mi no me importa. No les tengo miedo. Si se atreven a venir a ponerme inyecciones en el trasero se las van a ver muy mal. Yo no soy Kissinger ni Alejandra Guzmán. Bueno, les he tomado demasiado tiempo. Además, me tengo que ir a hacer mis gárgaras con tinta de calamar, que son muy buenas para la vesícula y las rodillas.”
Y Espinosa colgó como siempre lo hace, lanzando el teléfono contra la pared y dando un alarido como los de Tarzán que siempre provoca que uno de sus vecinos llame a la policia, ya que el programa de radio al que suele llamar se transmite de dos a cinco de la madrugada.
Perdonen mi cursilería. Me pongo siempre así cuando escucho cantar "La Barca" o "El Reloj." 23 de octubre/09
Fue en el 2000. Trabajaba en Telemundo y me tocó hacer una serie sobre el bolero junto al productor Jorge Sotolongo y el camarógrafo Simon Erlich. Viajamos a Veracruz, que es una de las capitales del bolero. Allí visitamos la Casita Blanca de Agustín Lara y recopilamos material sobre Toña la Negra, que son ídolos míos y de Sotolongo. Y como resultado de aquel viaje y el entusiasmo de Sotolongo y mío, Simon, que es israelí pero que está muy aplatanado dado el tiempo que lleva trabajando en la televisión hispana, también quedó flechado con las composiciones de Agustín Lara y esa manera tan especial de cantar de Toña la Negra.
Veracruz es uno de esos sitios que se le meten a uno en el corazón, en la cabeza, en el alma. Lara, que verdaremente nació en el DF siempre decía que era de Veracruz. Me encanta esa mentira de Lara. Yo no estoy de acuerdo en que todas las mentiras son malas. Hay mentiras que no solo valen la pena. Hay mentiras sublimes, esenciales, poéticas, mágicas, . Y pienso que Lara manejaba la mentira como un arte. Era un maestro de la mentira gloriosa y por eso compuso todas esas maravillosas canciones sin haber estudiado música. Y por eso cantaba su música como nadie podía hacerlo, a pesar de que no tenía voz. Y por eso, muy lejos de ser un hombre bien parecido, conquistó a María Félix y le escribió aquel himno al amor que se llama “María Bonita.” Les contaría aquí de otro viaje que me inventé una vez a Acapulco y seguí todos los pasos de Agustín y la Doña por ese bello lugar en la costa pacífica de México. Estuve hasta en el cuarto del pequeño hotel donde pasaron su luna de miel y donde se dice que Agustín se inspiró para escribir “María Bonita.” Pero ese es otro cuento. Quien me lee sabe que lo que escribo es “stream of consciousness,” tal como me sale en el momento y a veces me desvío y me enredo.
Regreso, pues, a Veracruz. Jorge, Simón y yo filmamos mucho video del malecón, de la gente bailando danzón, de las estatuas de Agustín y Toña la Negra, cuyo nombre verdadero era María Antonia del Carmen Peregrino Alvárez y sí nació en Veracruz. Claro que si hubiera nacido en otro lugar, habría que haber inventado la mentira, como en el caso de Agustín Lara, de que nació en Veracruz. Yo no me imagino a Toña la Negra habiendo nacido en otro lugar. Les juro que si uno se para frente al malecón en Veracruz y mira hacia el mar se escucha a las olas cantar igualito a Toña la Negra cuando entonaba aquello de “yo nací con la luna de plata, nací con alma de pirata.”
Yo admiro mucho a los mexicanos por múltiples razones. Pero una de las principales es porque defienden su cultura. La enaltecen. Y no esperan a que mueran las grandes figuras de la alta cultura y la cultura popular para rendirles tributo. Para aquellos como Sotolongo y yo que vivimos en esa patria virtual que se llama el bolero es emotivo detenerse frente las estatuas de Agustín y Toña la Negra en Veracruz. Y es conmovedor también saber que en el tiempo en que estuvieron vivos, Agustín y Toña la Negra fueron queridos, allá en Veracruz, y en todo México.
En una de las noches en que estuvimos en Veracruz, como parte de nuestro trabajo Sotolongo y yo estuvimos conversando una larga noche de tequilas y recuerdos con otro monumento de Veracruz, el Maestro Memo Salamanca. Memo nos regaló inolvidables anecdotas de su larga y triunfal vida artística, sobre todo de aquellos días en que era hermano del alma de Beny Moré, a quien quisieron mucho en México. Y claro que el cariño fue mútuo. Lo dice el Beny en eso que cantaba de “Pero que bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas. Mueven la cintura y los hombros igualito que las cubanas.” Pero bueno, pierdo el hilo. Ya lo saben. Escribo como una veleta. Y además esto no se trata del mambo, es sobre el bolero, algo en que el Beny también brillaba.
Anyway, de Veracruz viajamos Sotolongo, Simón y yo viajamos al DF. Y una tarde logramos acordar conversar por unos minutos con Roberto Cantoral, que iba a viajar ese mismo día a Tamaulipas, su tierra natal. Roberto, antes de ir al aeropuerto iba a almorzar con miembros de la Sociedad de Autores y Compositores de Música de México en el Hotel Maria Isabel Sheraton en el Paseo de la Reforma. Allí nos vimos y tuvimos una entrevista excelente para nuestra serie sobre el bolero. Roberto me contó como escribió “Reloj” y “La Barca.” Escribió las dos canciones en una sola noche, al final de una gira por Estados Unidos que concluyó en Washington. Una mujer había sido parte de esa gira y Roberto y ella habían vivido uno de esos romances en que la pasión y la ternura se convierten en la misma cosa. Se separarían después de aquella noche.
Cuando Simón apagó la cámara y nos despediamos, yo le dije a Roberto. “Maestro, yo pienso que usted es tan importante como el más afamado escritor o poeta que haya dado la literatura latinoamericana. Somos millones y millones de latinoamericanos, de gente de todo el mundo incluso, de muchas generaciones, muchas generaciones que han de venir, para quienes esas letras y esas melodias de “Reloj” y “La Barca” son la más pura y sublime expresión de los amores que mas recordamos. Los que se van. Los que se fueron. Los imposibles.”
Así mismo se lo dije, porque así me nació en ese momento, y así lo recuerdo exactamente. Recuerdo también la reacción de Roberto Cantoral. Juro que fue así. Se le aguaron los ojos y me dijo “Esa es una de las cosas más bellas que me han dicho en toda mi vida. Gracias.” Y me abrazó.
Hoy , de casualidad, escuché a alguien cantar “La Barca.” Me hizo pensar mucho. Pensé en amores que se fueron y que no se fueron porque aquí están en el recuerdo. Pensé en el agradecimiento que le tengo a Agustín Lara, a Toña la Negra, a Memo Salamanca, a Roberto Cantoral, a toda la gente que forma parte de la gran patria virtual que se llama el bolero.
Cada vez que yo escucho “Reloj” o “La Barca” me afloran los recuerdos de niñas y mujeres que amé de cerca o de lejos. Que me quisieron o fueron indiferentes conmigo. Que estuvieron conmigo y ya no están. O que simplemente nunca besé.
Pienso también en el privilegio que tuve de haber conocido a Roberto Cantoral. Y de haberle expresado mi gratitud por haber escrito tantas canciones bellas como “Regálame Esta Noche,” “Yo lo comprendo,” “Al final” y tantas otras. Pero especialmente “Reloj,” y “La barca.”
Pienso también en la mujer a quien Roberto le escribió esas dos canciones en una noche de despedida en Washington. Roberto no me dijo el nombre de su Musa. Pero, señora, gracias. Donde quiera que esté, gracias. Para haber inspirado a Roberto Cantoral a componer “Reloj” y “La Barca,” usted tiene que ser una mujer maravillosa. Tan maravillosa como la que estoy recordando yo en estos momentos.
La culpa es de Millard Fillmore. Tremendo incompetente, además de mal intencionado. 22 de octubre/09
1. Me dice alguien que Obama se la pasa hablando de Bush. Que le echa la culpa de todo lo malo que ocurre en el país a Bush. Que Bush ya no es presidente. Que Obama muy pronto cumple un año en el poder. Que es hora de que Obama hable de sus propios logros.
2. Quizás es verdad lo que me dice esa persona que menciono arriba. Lo único que me choca es que cuando Bush estaba en el poder, esa persona me decía que todo lo malo que ocurría en el país y en el mundo era culpa de Clinton. Esta persona estuvo diciendo eso casi hasta el ultimo día de la presidencia de Bush.
3. Yo pienso, ¿por qué no le echamos la culpa de todo a George Washington? O, si no queremos ofender la memoria del Padre de la Patria, podríamos escoger a uno de esos presidentes opacos, de quienes de conoce muy poco. ¿Qué les parece Millard Fillmore?
4. Ahí está. Propongo esto: ¿Desempleo? Es culpa de Fillmore. ¿Sigue por el piso el sector inmobiliario? Eso es resultado de las políticas erradas del cabrón de Fillmore. ¿Estamos empatanados en Afaganistán? Ya lo habíamos advertido cuando Fillmore mandó tropas allí. ¿Se demoran en llegar las vacunas contra la gripe porcina? Es que Fillmore es un tarado y un hijeputa y todo lo que toca se jode.
5. Uníos republicanos y democrátas. No más bronca. Todo es culpa de Millard Fillmore. O si quieren, de John Tyler.
Me encontré con Espinosa. 21 de octubre/09
Me encontré con Espinosa en el supermercado.
Yo estaba con mi carrito en la hilera siete, buscando el detergente que uso para lavar ropa. Sí, lavo ropa. No me queda otro remedio. Vivo solo, ¿qué quieren que haga? Pero bueno, estoy allí en la hilera siete cuando escucho el vozarrón:
“¡Esa gente que dice que Obama nació en Kenya no sabe de lo que habla! ¡Obama es etiopé, mírenle las facciones! !Es uno de los bisnietos del Emperador Haile Selassie! ¡Está en la Casa Blanca porque lo decidieron Selassie y Mussolini! ¡Es mentira que Italia invadió Etiopía! ¡Fue un engaño de Mussolini y Selassie y ahora metieron a Obama en la Casa Blanca!”
Yo me quedé frío. Le tengo terror a Espinosa. Nunca me ha golpeado. Pero me hacen temblar las cosas que dice. El vozarrón venía de la hilera ocho, donde tienen las latas de maíz y frijoles. Yo salí huyendo rápidamente en la dirección opuesta, hacia la hilera seis, donde están los jabones y los desodorantes. Doblé la esquina y chocó mi carrito con el de Espinosa. Se me había olvidado que Espinosa es ventrílocuo y tiene la habilidad de proyectar su voz. Bueno, su vozarrón. El vozarrón se escuchaba en la hilera ocho, pero Espinosa gritaba en la hilera seis. La gente huía de la hilera ocho porque escuchaba aquellas palabras tan contundentes y no veía de donde salían. Y la gente huía de la hilera seis también porque veían a Espinosa abrir y cerrar la boca y gesticular y dar saltos y darse golpes en la cabeza, pero no parecía emitir sonidos, aunque se escuchaba el vozarrón en la hilera ocho. La gente huía del supermercado entero, porque aunque el vozarrón se escuchaba desde la hilera ocho, tronaba en todo el lugar. Había una fuga masiva. Espinosa había provocado una estampida con su vozarrón y con las cosas terribles que gritaba:
“¡No se dejen engañar, ciudadanos! ¡El caso del niño en el globo aeroestático en Colorado es parte de los planes ingleses de reconquista! ¡Abajo Margaret Thatcher! ¡La Reina Isabel es una puta maldita que maltrata a sus perritos! !Nos quieren esclavizar y obligarnos a beber té a todas horas!”
La gente corría despavorida. Así es el poder de las palabras de Espinosa. Y yo, por desgracia, por despiste, por mala suerte, porque me abandonó mi angel de la guarda, sin darme cuenta corro en dirección de Epinosa y choco mi carrito con el suyo. Cierro los ojos. Espero el inevitable regaño de Espinosa que seguro va a inspeccionar las latas de espárragos, las cajas de cereales, las uvas, la lechuga y el detergente que he colocado en mi carrito. Las críticas de Espinosa siempre han sido demoledoras. Me causan depresiones que duran semanas. Mantengo cerrados los ojos, esperando escuchar los alaridos de Espinosa. Pero nada. Silencio. Pasan segundos. Minutos. Pero nada. Silencio. Abro los ojos. Y allí está Espinosa. Me está mirando. Sonríe. Me doy cuenta que se ha colocado varios dientes de oro, como los de Mike Tyson. No sé que hacer. No sé que decir. Por fin atino a balbucear:
“Hola, Espinosa. ¿Cómo estás? Long time, no see. Perdona por chocar con tu shopping cart.”
Espinosa, aún sonriendo, me dice con voz suave:
"¿Y de donde lo conozco yo a usted? ¿Es usted uno de esos espías que me siguen la pista, enviados por el Servicio Secreto de Mónaco?"
Yo agradezco que Espinosa me está hablando en voz baja. Me aterra su vozarrón. Pienso que quizás me habla así en ese tono gentil porque ya estamos solos en el supermercado. Se vació el lugar. Asumo que Espinosa piensa que no tiene necesidad de gritar para que lo escuchen en todo el supermercado. Me siento aliviado. Pero de pronto, Espinosa comienza a rasgarse las vestiduras. Y esto no es una exageración. Comienza a arrancarse la camisa pedazo a pedazo y a dar saltos y a emitir unos aullidos espantosos. No sé si son aullidos de lobo o de coyote, porque con Espinosa nunca se sabe. Pero aquellos aullidos me ponen muy nervioso. Y de pronto Espinosa comienza a embestir los estantes con su enorme cabeza, y caen al piso los jabones y los desodorantes, pero, obviamente, a Espinosa no le preocupa esto.
Y yo, tímidamente, le digo:
“No, Espinosa, yo ni siquiera he viajado a Mónaco. Me dicen que el Casino allí en Mónaco es muy elegante, muy sobrio, no como los de Las Vegas con todas esas alfombras de colores estridentes y esas lámparas tan cursis.En realidad, nos conocemos de cuando trabajamos juntos en una agencia de seguros.”
Pero nada. No calmo los ánimos de Espinosa que empieza a gritar:
“!Bolcheviques! ¡Eso es lo que son! ¡Sinvergüenzas bolcheviques! !Quieren destruir la Torre Eiffel! !Quieren obligarnos a deshacernos de nuestros vehículos de motor y a usar el transporte colectivo! ¡Quieren forzarnos a vacunarnos contra una fiebre porcina inventada en los laboratorios de Oprah Winfrey! “
Y yo no puedo más. Agarro mi carrito y salgo huyendo. Corro por las calles de la ciudad, empujando mi carrito de supermercado. Cuadra tras cuadra. Llegó a mi casa, jadeando, agotado. Me detengo frente a la puerta. De pronto me doy cuenta que dejé mi camioneta en el lote de estacionamiento del supermercado. De pronto me doy cuenta que me fui sin pagar por lo que llevo en el carrito. De pronto me doy cuenta que se me olvidó colocar jugo de naranja en el carrito. Estoy nervioso. Confuso. ¿Que hago? La verdad es que no pagué por lo que tengo en el carrito porque las cajeras habían huido del lugar.
Pienso que regresaré al mercado mañana. Llevaré el carrito con lo que coloqué adentro. Recogeré el jugo de naranja. Recogeré mi camioneta. Sî, regresaré al supermercado mañana. Pagaré por todo. Ojalá que no me vuelva a encontrar allí con Espinosa. Es terrible encontrarse con Espinosa.
